jueves, 26 de diciembre de 2013

Más allá del sexo (Fragmento de COMO A UN PRIMER AMOR)


Este es un fragmento de mi novela, COMO A UN PRIMER AMOR, que está publicada en amazon en formato digital. En breves palabras, trata de una mujer, Lucía, que emprende la búsqueda  de un hombre al que complejas circunstancias obligaron a abandonarla, diez años atrás, en plena efervecencia de su amor. Entonces habían acordado no volver a buscarse, pero ella decide romper la promesa. El lector la acompañará en parte de su búsqueda y conocerá todas sus reflexiones y recuerdos, que irán dibujando el contorno de aquella lejana relación, y le ayudarán luego a comprender el sorprendente desenlace de la historia.

Para los admiradores de mi obra, debo aclarar que esta no es una novela erótica propiamente dicha. El erotismo está presente en ella, aunque no en la misma magnitud que en mis anteriores novelas. 

Entonces aquí les dejo esta escena, que no sé bien si es erótica, romántica o cursi hasta morir, en fin, ustedes podrán juzgarla y tener con ella un adelanto de lo que será leer esta novela:



"¿Que cómo era Ignacio en el sexo? Mira, no sé si sería capaz de responderte eso. No tengo la menor idea. No podría catalogarlo, no en los términos con que las mujeres solemos evaluar el desempeño de los hombres en la cama. Con Ignacio nunca me preocuparon esos detalles. Supongo que estaba bien, pero imagínate, si nada más de rozarme la piel con la punta de los dedos, de respirarme cerca del cuello, de hablarme bajo en el oído, de recorrer mi cuerpo con sus ojos, ya era capaz de ponerme a temblar como una hoja, qué no iba a hacerme sentir con un beso, con una caricia más profunda… Y cuando estaba dentro de mí, la sensación era indescriptible, no era posible distinguir allí lo que era placer, pasión, amor o simple gimnasia sexual. Yo misma no me preocupé jamás por lo que hacía ni cómo lo hacía, las caricias salían de mis manos y los movimientos brotaban de mi cuerpo directo del corazón, sin pasar por la censura del cerebro y estoy segura que a él le sucedía exactamente lo mismo. Terminábamos fundidos en un placer extremo, que trascendía nuestros sentidos, nuestra realidad y nos elevaba. ¿Sabes? Era como salir disparada hacia el cielo, tocarlo con las manos, ver a Dios y todavía alcanzar a darle las gracias por permitirme conocer y experimentar algo así… ¿Me estás entendiendo? ¿Quién iba a estarse fijando ahí en técnicas amatorias, tiempos de reacción, aptitudes físicas? Ni siquiera puedo separar qué era sexo; qué, pasión; qué, delirio; qué, éxtasis. Era todo eso junto y más. Y no me engaño, sé que todo eso no me lo proporcionaba él. Era la situación tan extrema en que nos encontrábamos, la sensación de urgencia, la necesidad de vivirlo todo al máximo en el menor tiempo posible, de sacarle el jugo a aquellos días prestados, lo que hacía que experimentáramos todo aquello de un modo tan total. Es más, estoy segura de que si un día volviéramos a encontrarnos y por ventura termináramos de nuevo en la cama, sería muy difícil que lográramos reeditar todas aquellas sensaciones otra vez. Nunca se repetirán unas circunstancias como ésas, serán otras y sentiremos otras cosas, seguramente también maravillosas, pero aquello, sé que nunca más se repetirá. Y no lo siento, más bien me considero afortunada de haberlo vivido. Pero en el sexo… no me hagas reír, ¿cómo podría clasificarlo en el sexo? ¿Cómo podría rebajar un recuerdo tan sublime a un nivel tan concreto y elemental?".
 

¿Te ha gustado el fragmento? Puedes dejar tu opinión más abajo.

Si quieres leer la novela, entra aquí 

Si aún no te decides, entra aquí y lee otro adelanto.

martes, 17 de diciembre de 2013

Cuento erótico SORPRESA EN LA CIMA

No podía creer lo que estaba sucediendo delante de sus ojos. ¿Sería una alucinación debido al cansancio? Cerró los ojos y respiró profundo. Volvió a abrirlos y sí, ahí estaban. Absolutamente abstraídas del mundo exterior, como si solo existieran ellas dos sobre la faz de la tierra. Y eso casi era verdad, porque salvo Sergio, que se encontraba allí por una completa casualidad, no era probable que hubiera ningún otro ser humano en muchos kilómetros a la redonda.
Acostumbraba a escalar la montaña al final de la tarde, pero justo hoy tuvo que cambiar su rutina debido a una inoportuna reunión de trabajo. No quería dejar de entrenar ni un solo día, pues se preparaba para una carrera de montaña en Europa, y como el único momento que le quedaba libre eran las primeras horas de la mañana, se levantó temprano y emprendió la subida.
Al llegar a la cima, oblicuamente bañada por el tenue sol de las 8 de la mañana, se encontró con una agradable sorpresa. Dos mujeres completamente desnudas, una rubia y otra morena, estaban echadas sobre una manta colocada sobre la hierba, con sus cuerpos entrelazados y sus bocas fundidas en un beso que parecía interminable. Alrededor se veían las ropas deportivas de ambas, tiradas de cualquier modo aquí y allá, evidenciando que lo que estaba viendo debía ser el resultado de un arrebato de pasión totalmente imprevisto, tal vez bajo el influjo de ese oxígeno tan puro que se respira a esas alturas.
Trató de imaginar lo que había sucedido. Las chicas no debían ser demasiado amigas, y lo más probable era que estuvieran subiendo juntas la montaña por primera vez. Con seguridad, ambas eran heterosexuales y nunca antes habían tenido sexo con mujeres. “Siendo así, podrían estar dispuestas a admitir a un tercero masculino”, pensó, mientras contemplaba cómo la morena movía su lengua por el estómago de la rubia, rumbo a su entrepierna. Pero no parecía tan apurada por llegar a su destino como Sergio hubiera deseado. Se concentró un buen rato en el ombligo y a él, mientras observaba los senos pequeños y firmes de la otra chica, con los rosados pezones totalmente erectos por la excitación, se le ocurrió que ya mientras subían, debían haber experimentado los primeros síntomas de una inesperada atracción.
La mente de Sergio se desbocó: la morena, que venía detrás y tenía todo el tiempo ante sus ojos el prominente trasero de la catira, bien ceñido por la tela de la licra, debió haber sentido un inexplicable impulso por agarrarlo y hundir sus dedos en él. Y en algún momento en que la que iba adelante se detuvo y esperó a su compañera, que estaba algo atrasada, pudo tener desde arriba la visión del nacimiento de sus abultados senos, que la escotada camiseta era incapaz de contener. Entonces le pasaría por la cabeza la fugaz imagen de su cara hundiéndose entre ellos y de su boca chupando el sudor un poco ácido que debía cubrirlos.   
Ciertamente, ambas debían haberse escandalizado ante esas fantasías completamente involuntarias, y hasta procurado pensar en otra cosa. Pero al llegar arriba y experimentar ese subidón de energía que produce el haber alcanzado la cima, de repente se habrían quedado una frente a la otra, mirándose como hipnotizadas, tal vez fingiendo al principio que nada estaba sucediendo, mientras los ojos verdes de la rubia se clavaban en los negros de la otra, y la excitación iba haciendo más y más presa de sus cuerpos.
Imaginó que en un momento ya no pudieron más y como fieras saltaron una sobre la otra, los labios rojos y llenos de la morena casi devorando la boca pequeña y rosada de la rubia, y las ropas fueron saltando por los aires, a medida que cada una procuraba dar rienda suelta a sus fantasías de la subida. Así, imaginó que la morena halaba hacia abajo la licra de la otra, para desnudar su trasero y echando rodilla en tierra, comenzaba a besar y morder las blancas y abultadas nalgas, a la vez que las oprimía con sus manos. Luego se invertirían los papeles y la rubia sería quien de un tirón sacaría la camiseta de su compañera, dejando al descubierto su pecho, que contemplaría por unos segundos con gula, antes de hundirse entre los generosos senos, coronados por pezones grandes y oscuros.
Un coro de gemidos lo hizo reaccionar y darse cuenta de que, por estar imaginando lo sucedido antes, se había estado perdiendo lo que sucedía justo en ese momento. Prestó atención justo a tiempo para ver a las dos chicas abrazarse con ternura, intercambiar una sonrisa de complicidad y ponerse de pie, en busca de sus ropas. Lamentándose de su estupidez, aún alcanzó a admirar sus hermosos cuerpos desnudos unos momentos más, antes de que se vistieran y se dispusieran a emprender el descenso.
En ese momento la rubia lo vio, e hizo un gesto a la otra en su dirección. Sergio se quedó paralizado, mientras la morena lo miraba de arriba abajo con descaro, deteniéndose especialmente en el bulto de su entrepierna, que la licra no lograba contener, y se encogía de hombros, como apenada.
-Será para la próxima -le gritaron entre risas, cuando ya habían comenzado a bajar.
“¿Cómo es posible ser tan idiota?”, se lamentó Sergio y recogiendo su mochila, emprendió también el descenso, con la esperanza de alcanzarlas y tal vez lograr conseguir la vaga promesa de un próximo encuentro en la montaña.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Vivian Stusser habla de sus novelas (entrevista)

Esta es una entrevista que me hicieron vía Internet y que apareció recientemente en una revista local acá en Venezuela, llamada Código de barra. Como no está online, la reproduje aquí  tal cual fue publicada y coloco la misma foto que ellos usaron. Es basicamente acerca de Piel de naranja, aunque tambien hay sus referencias a Bisexual. Espero que la disfruten.
 

¿Desde cuando escribes con este género de novela y por qué 
empezaste a hacerlo?
 
Desde hace unos ocho años, cuando comencé a escribir mi primera novela, Bisexual. No planifiqué escribir erotismo, simplemente sucedió. Se me ocurrió una anécdota para una novela y a medida que escribía, la historia iba necesitando del sexo para poder contarse, así que lo utilicé, una cosa llevó a la otra y resultó no solo erótica, sino sumamente atrevida en sus planteamientos. Luego la segunda, Piel de naranja, siguió el mismo camino, pero esta vez fue más premeditado. Ya había probado el género y me había sentido cómoda en él. Había decidido que sería erótica desde el principio.
 
¿Cuánto tiene de autobiográfica tu novela?
 
Si la pregunta es si estoy narrando hechos que me ocurrieron a mí, la respuesta es no. Sin embargo, sí admito que puedo haber utilizado de manera indirecta algunas experiencias personales, no necesariamente exactas a las narradas allí, pero que pueden tener en común con ellas determinadas reacciones, y mecanismos emocionales para producirse. Traté de usar una situación que puede considerarse extrema, pero en la cual cualquier lector puede encontrar un espejo para entender determinados aspectos de su vida, sin necesidad de estar viviendo exactamente el mismo caso. También, obviamente, utilicé mis conocimientos de Psicología y terapia, sin que eso signifique que el personaje que encarna al psicólogo sea basado en mí. Una novela, aunque sea de ficción, siempre toma insumos de muchas fuentes, y una de ellas es siempre la propia experiencia del autor, sin por ello tener que considerarse autobiográfica.
 
¿Con cuál capitulo te identificas más?
 
Me gusta mucho ese en que la protagonista hace un recuento de una serie de experiencias amorosas pasadas, viéndolas a través de un nuevo prisma y descubriendo el modo en que había malinterpretado las cosas para no entrar en contradicción con sus creencias. Es una escena clave en la novela, marca una de las fases del cambio de Sandra hasta tomar consciencia total de lo que sucede en su vida.
 
¿Se podría decir que tu novela es una novela "rosa"?

Para nada. Todo lo contrario. Ni los personajes, ni las situaciones, ni siquiera la solución final responden a esos estereotipos ampliamente usados en la Literatura, que es lo que a mi entender caracteriza a las novelas llamadas “rosa”. Ni siquiera la consideraría romántica, aunque haya sentimientos amorosos en ella, yo diría que antes que nada es una novela profundamente humana.
 
¿Se trata de una novela para hombres, para mujeres o para ambos sexos?
 
Para ambos, definitivamente. Pudiera pensarse que la perspectiva es femenina, pero yo he escuchado varias opiniones de lectores hombres que se han visto reflejados en el personaje masculino, y también de otros que se han puesto incluso en la piel de la protagonista mujer y entendido a través de ella situaciones de su vida. Creo que cualquier persona que viva o haya vivido en una relación complicada puede encontrar algo de interés en esta novela, aunque no haya experimentado una situación de esa magnitud.  
 
¿En esa novela cabe de todo?
 
Yo cuando escribo no me pongo límites. Tengo que contar una historia, y todo lo que sea necesario para desarrollar la trama, será utilizado. Y creo que precisamente por el hecho de estar plenamente justificado nunca resultará excesivo, por muy fuerte que algunos lo puedan considerar.
 
¿Hay algo de violación en esa novela o algo de violencia sexual?
 
Creo que hay violencia, pero no violación. Creo que el sexo es siempre de algún modo consentido, e incluso, a veces, la misma violencia que lo antecede, pero eso forma parte de la idea que la novela quiere transmitir, y el modo en que somos responsables de las situaciones en que nos encontramos. Sí hay algo de violencia sexual en algunos pasajes, pero en general trato de alejarme de esa lectura de la violencia si se quiere estereotipada, en la que hay una víctima y un victimario plenamente identificados. Como ya dije antes, no hay estereotipos en esta novela.  
 
¿La violencia sexual es buena o es mala? ¿Cómo lo ves tú?
 
Siempre depende del contexto. Si hay consentimiento y ambos participantes han decidido entrar en el juego libremente, podrían disfrutarla. Si hay alguien sufriendo por ese motivo, no puede considerarse nunca algo positivo.
 
¿Todo puede ser consentido o hay cosas que es mejor no consentirlas?
 
Toda persona debe tener claro qué es lo que quiere en su vida y aceptar solo aquello que le dé satisfacción. A veces se consienten las cosas por los motivos equivocados, y hasta podemos creer que las disfrutamos, pero cuando nos sinceramos con nosotros mismos y comprendemos qué era lo que nos hacía permanecer ahí, tenemos la posibilidad de decir “no” sin miedo y sin sentirnos culpables.
 
¿El sexo debe ser abierto o cerrado?
 
Eso depende del gusto y el deseo de quienes lo practiquen. No hay recetas, lo que le funciona a una pareja puede no funcionarle a otra y eso no significa que esté bien o mal a priori.
 
¿Hay muchos huecos en esa novela?
 
....no entiendo muy bien la pregunta. Aquí creo que estás hablando de Bisexual. En fin, los huecos son lo que la madre naturaleza nos dio, todos tenemos los mismos y la diferencia es el modo en que los utilizamos. Otra vez depende del gusto de cada cual y eso incluye a mis personajes. 
 
¿Se vende bien la novela erótica?
 
Sí, aunque no tanto como me gustaría. Creo que todavía hay prejuicios que vencer, aunque las mentes se van abriendo poco a poco. También hay mucho erotismo de mala calidad pululando por ahí y eso le hace daño al género. Pero sí, Bisexual en su edición impresa, tuvo buenas ventas en Venezuela, ahora en Amazon se sigue vendiendo a nivel internacional, y Piel de naranja, que solo se ha vendido en formato digital, ya va moviéndose poco a poco. La autopublicación requiere de mucha publicidad en las redes sociales; al no estar apoyada por ninguna editorial, debe hacerla el mismo autor y esto lleva mucho tiempo y esfuerzo. Pero se está abriendo un camino muy interesante por esa vía. 
 
 
Encuentra más información sobre mis novelas aquí: 
 
 

sábado, 26 de octubre de 2013

La memoria en clave erótica (Fragmento de PENETRACIONES)

¿Cómo te las arreglas para recordar los detalles de tus encuentros eróticos? ¿Tienes contigo mismo alguna clave que te permita darte cuenta de que te has enamorado? De estos y otros temas diserta José Martín Molina en este fragmento de su novela erótica Penetraciones, una pequeña pero representativa muestra de su vertiginosa prosa, por momentos cruda y descarnada, otras veces depuradamente lírica, y siempre llena de detalles únicos y deliciosos. ¡Qué lo disfruten!



Lo que sí me atrevo a decir es, que todo lo que pasa, según pasa y casi al instante, cae como en un abismo de olvido. Un cajón desastre en que todo se torna irreal. Las grandes experiencias de la vida, cuando pasa el tiempo, se quedan ahí como la ropa tendida que has olvidado recoger. Como si las hubiese vivido otro que ya no eres tú. Un polvazo santo y alucinante, puede conseguir que sonrías como un estúpido sin cerebro durante tres días. Te emborrachas pensando una y otra vez en lo maravilloso que fue. Pero luego SE BORRA. Y ya no vuelve. Se quedan sólo unos detalles desgajados, inconexos, sin relación con el resto de los hechos, aislado, como una imagen deificada. Por ejemplo el momento en que sus bragas negras bajaron suaves por sus muslos. O como salpicó un momento su melena en el aire un instante antes de llegar ella al orgasmo. El resto ha desaparecido. Sólo quedan algunos instantes huérfanos.
Una intensidad de ojos ardiendo como ascuas dos segundos, el vello de un pubis que brilló como oro un instante, un especial rubor en unos labios antes de besarlos... La memoria es como un inmenso desván en el que se amontonan objetos ya inservibles y desgajados de toda conexión coherente. Como el manso de un manillar de una bicicleta, sin manillar y sin bicicleta.
Un interruptor de no sé sabe qué. Un trozo de plástico que parece la correa de un reloj y luego es el dedo de un guante de lavar los platos.
Por eso acaso escriba un diario, para que la memoria no me haga su inevitable trampa de lagunas. Ya me encargo yo, a través de la disciplina del diario, de ensartar, como perlas en un collar, toda la maquinaria que fue conocer a alguien de quien te gustaban su culo y su sonrisa, las llamadas de teléfono que se sucedieron, la primera vez que hubo comunión espiritual y carnal y cómo y dónde y después de hacer qué o antes de hacer qué otra cosa. Qué música sonó. Las bragas eran rojas o negras. Trajo pantalones ceñidos o falda. Le dije que la quería o simplemente no paré de mirarle a los ojos diciéndoselo una y otra vez con palabras mudas. Y puedo decir si ese mismo día comí macarrones, si me levanté a las cuatro de la tarde, si me entró un ataque de ansiedad en las escaleras mecánicas del metro, si mi madre me llamó por teléfono preguntándome cuándo me veía el pelo, que me quería dar una camisa que me había comprado.
Todo en la vida, es esencial, hasta cuando te pica el hombro y te rascas. De tanto anotar y anotar y observar y observar, empiezas a descubrir claves secretas de cómo funciona tu psique. Por ejemplo, descubres, como es mi caso, a base de juntar mil detalles aparentemente inconexos, que cuando te enamoras hasta la médula, al final de tu columna vertebral, por allá por la parte en que termina la espalda y empieza la juntura de las mejillas de tus nalgas, aparece un grano. Pues sí. Cuando me enamoro, me sale un grano en el culo.
Es un hecho que lo puedes cotejar desde un punto de vista simbólico, pero en realidad se trata de un hecho psicosomático. Con Irene he tenido repetidamente ese grano durante casi tres años. Cuando crecía y se volvía insoportable, no me quedaba otro remedio que explotarlo. En seguida el grano volvía a asomar su cabeza turgente de pus. Si rompía con Irene el grano desaparecía milagrosamente. En cuanto volvía con Irene, el grano volvía a darme literalmente por el culo.
Depende cómo te tomes una revelación así. Pero en mi caso, que soy vitalmente práctico y sonriente, me parece una señal espléndida.
Cuando conozco a una chica, me acuesto con ella y voy a ducharme y veo que algo me está molestando en la raja del culo, me pongo tan contento: ¡otra vez surge el amor lleno de alas y picotas en mi vida! ¡El maravilloso grano del amor!
Efectivamente, al poco de conocer a Leticia, el granito vuelve a aparecer, cuando ya me había olvidado de él completamente. ¡Bienvenida Leticia! ¡Haz que ese grano me crezca como un melón! ¡No puede haber mejor señal!


¿Te gustó? ¿Quieres saber más de esta novela? Entra aquí, lee la sinopsis, las reseñas y si te convence, atrévete a leerla

jueves, 19 de septiembre de 2013

Relato erótico: CON LA ROPA PUESTA



Se veía que era muy joven, pero tenía una forma de moverse que no dejaba lugar a dudas de sus intenciones. Aquella chica quería guerra, y si de él dependía, la iba a tener.
Un rato antes la vio entrar a la discoteca completamente sola, y parándose delante de la pista, echar un vistazo alrededor. “Debe estar buscando a alguien”, pensó Luis, decepcionado, pues de nada más verla (con su ceñido conjunto de short y camiseta corta de licra que tan bien se amoldaba a sus curvas generosas, dejando ver por todas partes retazos de aquella piel morena que se adivinaba tersa y sedosa), su cabeza ya se había llenado de tentadoras imágenes.
Entonces la mirada de aquellos ojos negros de largas pestañas se detuvo justo en él. La chica contempló por unos segundos su rostro y luego, con todo desparpajo, lo recorrió de arriba a abajo de un modo que lo hizo sonrojar. Luis todavía no entendía que había sido el elegido cuando ella hizo un gesto como asintiéndose a sí misma y se encaminó hacia él con determinación, lo tomó de la mano y sin mediar palabras, lo arrastró a la pista.
Aún sin poder creerse su buena suerte, la siguió y cuando al llegar al centro ella de inmediato comenzó a mover sus caderas al ritmo del reggaeton, él se le arrimó por detrás y colocando la mano sobre su cintura, comenzó a seguir sus movimientos. Nunca antes había bailado ese ritmo -de hecho entró a la discoteca acompañando a un amigo que quería chequear si una chica que le gustaba estaba allí- pero no le fue difícil captar la esencia del baile, que era muy sencillo: ella movía la cintura a la vez que frotaba su trasero contra su pelvis y él solo tenía que colocar las manos sobre sus caderas y corresponder a sus movimientos.
Pero había un problema con el que no había contado. Una vez que las nalgas de la muchacha comenzaron a rozarlo, su miembro comenzó a endurecerse sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Se cortó un poco, pensando que ella se molestaría, pero notar su erección la hizo arreciar sus movimientos, apretándose todavía más contra aquella dureza.

No podía creer  lo que estaba sucediendo. Veía a su alrededor a otras parejas bailando, y aunque los movimientos eran similares, ninguna chica parecía tan atrevida como la suya, que ahora se estaba doblando por la cintura y proyectaba su trasero como si lo estuviera invitando a un coito al estilo perrito. No se hizo de rogar y correspondió con los movimientos requeridos, mientras escuchaba la letra de la canción.  

               Hagamos el amor con la ropa
               siente la pasión del reggae
               cuando tu apretada me roza 

               y yo a ti te rozo a la vez.  

Y así era, en efecto. Los movimientos y las actitudes eran los mismos que si estuvieran teniendo sexo, solo la ropa impedía que pudiera consumarse el acto. Y era eso precisamente lo que lo hacía más excitante. Luis entonces dejó su mente volar y comenzó a imaginar cómo sería si estuvieran desnudos. Mentalmente se bajó su pantalón, mientras ella hacía lo propio con su licra,  dejando al descubierto unas nalgas redondas y macizas entre las que se hundía la tira de un minúsculo hilo dental rojo. Desenfrenada, se despojó también de la ropa interior, e inclinándose más aún, puso las manos sobre el suelo, alzó las piernas y las colocó a ambos lados de las caderas de Luis, que al ver su sexo abierto ante él no pudo hacer otra cosa que penetrarla, mientras con las manos la sostenía por los muslos. La chica, al sentirlo en su interior, arreció los movimientos vibratorios a la vez que empujaba su pelvis más y más contra él, que se hundía más y más dentro de ella. 

Siento una energía
que yo ya no puedo operar
es algo que me controla
y quiero más, más
de tu seducción
amor, amor…
No te detengas… 

Ya para Luis no había nadie más alrededor, solo sus dos cuerpos desnudos ensartados y moviéndose al ritmo de la música. Ni siquiera se fijó en su amigo que, al no encontrar a su chica vino a buscarlo para irse y al verlo tan concentrado, optó por marcharse solo.
Al terminar esa pieza reaccionó y volvió a la realidad, pero con la siguiente canción todo volvió a comenzar. La chica no se despegó de él en toda la noche. En varias ocasiones -cuando su fantasía, acompañada del descarado contacto físico, elevaba su excitación al máximo- Luis estuvo a punto de dejarse ir, pero siempre logró controlarse, pensando en otra cosa. En una ocasión, ella de un empujón lo obligó a acostarse boca arriba sobre la pista y colocándose de rodillas a ambos lados de sus caderas, se sentó sobre su pelvis y comenzó a moverse en círculos. Era demasiado provocadora y lo miraba con tal lascivia, que para él era obvio que lo deseaba y mucho. Estaba seguro de que esa noche acabarían en la cama y la música que escuchaba no hacía sino confirmárselo. 

                    Tu cuerpo me llama
                    yo sé que te mueres de las ganas
                    de tenerme en tu cama. 

Revisó mentalmente sus bolsillos, no tenía suficiente efectivo. Si iba usar tarjeta tendría que ser un hotel más caro. Pero bueno, la ocasión merecía la pena. Volvió a recrearse mirándola e imaginando desnudos los senos que ahora se apretujaban dentro de la tensa tela de su blusa, y a veces llegaban a rozar su cara. Los imaginaba firmes y llenos, de grandes y oscuros pezones, que él haría endurecer al deslizar su lengua por ellos.               
                   
                   Me desespero… 
                   Quisiera, sentir tu cuerpo, eh, eh 
                   Es el momento de venir a mí, 
                   no pierdas más tiempo...
  
Ya pasaba de la medianoche. Al terminar una canción, la muchacha por fin se detuvo, miró su teléfono y volviéndose a él, por primera vez le dirigió la palabra.
 
-Tengo que irme. ¿Volverás mañana? –le dijo, casi dando por sentado que la respuesta sería positiva.
Luis se quedó de una pieza.
-Pero… Yo pensé que querías que… siguiéramos la fiesta en otra parte.
Ella lo miró como si de un insecto se tratara.
-¿Estás loco? Allá afuera me está esperando mi novio, que viene de trabajar.
Luis no lo podía creer.
-¿Entonces todo lo que pasó entre nosotros no significó nada?
Ella primero pareció sorprendida, luego sonrió, burlona.
-¿Tú como que es primera vez que bailas perreo?
Luis, que ya comenzaba a comprender la magnitud de su error, asintió a la vez que se sonrojaba. La muchacha lo miró, compasiva.
-Tranquilo, es normal que te confundas al principio, ya te acostumbrarás.
Él sonrió con timidez.
-Oye, pero déjame preguntarte algo. ¿Tú novio sabe lo que haces aquí adentro?
-Claro, él sabe que estoy buscando pareja para un concurso de reggaeton que hay el mes que viene. Voy todos los años con él, pero esta vez está demasiado complicado con su trabajo.
-¿Y por qué yo?
-Tienes la estampa perfecta y resultó que lo haces bastante bien, solo te falta práctica para ajustar algunos detalles como… controlar algunas respuestas físicas. Vuelve mañana y seguimos practicando, ¿sí?
Luis asintió casi sin darse cuenta, entonces ella sonrió y dándole la espalda, se alejó en dirección a la entrada. La siguió con disimulo y la vio saludar a un tipo, con un físico bastante parecido al suyo, que la abrazó y la condujo afuera.
Salió tras ellos y los vio montar un carro moderno y besarse allí dentro largamente. “Así que ese es el afortunado que va a apagar todo ese fuego”, pensó. Mientras el hombre ponía en marcha el motor, ella se volvió y sonriéndole, cerró uno de sus hermosos ojos en un guiño significativo.

jueves, 29 de agosto de 2013

CARACAS ERÓTICA, 3ra Entrega: CUERPO A LA VISTA



¡Hola! Aquí lo prometido, una nueva historia de erotismo ambientada en la ciudad de Caracas, con la protagonista que ya conocemos. ¿En qué loca aventura se meterá Mónica esta vez? Empiecen a leer y lo averiguarán. (Para quienes no conozcan las dos primeras entregas de esta serie, aquí están los link por si prefieren leerlas antes. También estarán al final). 
1ra entrega
2da entrega

La primera vez que Mónica lo vio, fue en la sección de frutas del supermercado cercano a su casa. Ya había comprando casi todo de su lista, solo le faltaban unos plátanos. Echó un vistazo alrededor. Había varias manos colgadas, pero le quedaban demasiado altas. Como el empleado no estaba cerca, fue a pedirle el favor a un joven que escogía unas guayabas a un par de metros de ella. Antes de que pudiera hablarle, sus ojos sin querer se posaron en su trasero.
Tenía puesto un mono deportivo, bajo cuya tela se perfilaban unas nalgas erguidas y firmes, que parecían estarla invitando a gritos a que les pusiera las manos encima. 
Mónica se quedó a mitad de camino, sin poder hablar ni moverse, sólo contemplándolas, y sintiendo que un fuerte estremecimiento, que partía de su sexo, le recorría el cuerpo, y hacía que las piernas le fallaran, hasta el punto de tener que apoyarse en una repisa a su lado para evitar caerse.

Unos segundos después, ya más dueña de sí, terminó de acercarse al joven y lo tocó en el hombro.
—Disculpa, ¿podrías alcanzarme aquellos plátanos?
Él se volvió, sin haber escuchado bien lo que le decía, y la miró interrogativo. Pero Mónica apenas reparó en su mirada. Sus ojos se habían posado ahora en el cuello de su camiseta, que tenía la forma de una V bastante pronunciada, dejando asomar una buena porción del vello, negro y abundante, que (pensó enseguida, mientras otro temblor la recorría de pies a cabeza) seguramente le cubriría todo el pecho, que se adivinaba amplio y de músculos definidos bajo la delgada tela que se le adhería como un guante.
En ese momento, aún con la vista fija en aquel lugar, Mónica reaccionó, comprendiendo de golpe la situación tan comprometida en que se encontraba. El joven estaba frente a ella, mirándola expectante y por fuerza tendría que haber notado el impacto que algunas partes de su anatomía le habían provocado. Lentamente fue deslizando la vista desde el pecho hacia arriba, atravesó el cuello, surcado por una poderosa nuez de Adán; rebasó la barbilla, algo pronunciada y con un pequeño hoyuelo en el centro, e ignorando los labios y la nariz (no tenía tiempo para detenerse en ellos), llegó a los ojos, donde la expectación ya se había tornado en franca curiosidad, y dejando su mirada por un momento fija en ellos, sonrió con coquetería.
—Me preguntaba si podrías alcanzarme esos plátanos de allá —le dijo, mientras se volvía y se los señalaba con el dedo—. Es que yo… ya sabes, no alcanzo.
—Ah, claro —respondió él, a la vez que bajaba la vista, como si la sonrisa lo hubiera intimidado; y se dispuso a cumplir su cometido.
Mónica se quedó otra vez a su espalda, y no pudo evitar que sus ojos curiosos siguieran detallando aquel cuerpo que todavía parecía guardar nuevas y agradables sorpresas. El hombre era bastante alto y de complexión delgada, aunque musculosa. “Se nota que debe hacer mucho ejercicio a diario”, pensó, al tiempo recorría uno por uno, casi acariciándolos con la vista, cada músculo de su amplia espalda. Los de los brazos se tensaban al alzarlos para alcanzar su objetivo, y casi amenazaban con hacer estallar las estrechas mangas de la camiseta.
Estaba otra vez completamente ensimismada, cuando él se volvió, extendiéndole los plátanos y casi la sorprende. Consiguió disimular, y al tomarlos, le agradeció con una sonrisa aún más seductora que la anterior. Nuevamente percibió que él se turbaba.
“Debe ser tímido”, reflexionó, mientras lo veía alejarse en dirección a la caja, advirtiendo arrobada cómo sus espléndidas nalgas se movían arriba y abajo con la rítmica cadencia de su andar. “Tal vez por eso hace tantos ejercicios, para sentirse más seguro. Y no se puede negar que le hacen buen provecho”. 
Caminando luego hacia su casa, reflexionó sobre lo que acababa de sucederle. Sus reacciones se le antojaban completamente ajenas, como si no hubiera sido ella quien experimentara aquellas sensaciones. “A ver, ¿cuándo me he excitado yo de ese modo con sólo mirar el culo de un tipo?”, se preguntaba, intrigada. Desde su aventura con el muchacho del metro, no podía negar que se había acentuado su interés por el físico de los hombres, pero esto ya era demasiado. 
Aunque sabía que no era posible, casi podía jurar que su cuerpo había respondido por sí solo a los estímulos, sin intervención alguna de su mente. “¡Qué locura!”, sonrió, tratando de restarle importancia al asunto. “Pero la verdad es que no me hubiera disgustado ni un poco ponerle las manos encima a ese hombre. ¿Cómo puede alguien estar tan bueno y andar así por la calle, sin tener consciencia de las reacciones que provoca?”.
Volvió a verlo unos cuatro días después, esta vez en la charcutería. No había logrado sacárselo de la cabeza y determinadas partes de su cuerpo acudían de tanto en tanto a su mente, como fotos instantáneas cuya sola visión conseguía perturbarla y ocupar, al menos por un rato, su atención, distrayéndola de cualquier cosa que estuviera haciendo. Había ido cada día al supermercado, más o menos por la misma hora, con la esperanza de volver a encontrárselo, y ya casi estaba perdiendo las esperanzas. El tipo podía no vivir en la zona, y haber entrado allí ese día por casualidad. Tal vez nunca más volviera a verlo. Por eso cuando lo distinguió allí, se sintió de inmediato invadida por la inquietud.
“¿Y ahora qué hago?”, se preguntó, sin poder evitar quedarse otra vez contemplándolo.
Tenía otra de esas camisetas ceñidas que tan bien resaltaban su musculatura; pero esta vez, en lugar de un mono, llevaba unos jeans bastante ajustados, que le moldeaban estupendamente el trasero. Los ojos de Mónica se quedaron clavados allí, mientras sentía crecer en su interior, con más fuerza aún que la primera vez, el impulso de saltar sobre él, arrancarle la ropa y devorar palmo a palmo todo aquel cuerpo divino.
Cuando él se volvió y la reconoció, ella logró reaccionar a tiempo para que no notara qué estaba mirando, pero cuando sus ojos se encontraron, esta vez fue Mónica la que se sintió un poco turbada. Enseguida se repuso y lo saludó con una amplia y significativa sonrisa, a la que el hombre sólo respondió con una leve inclinación de cabeza.
“¡Qué seco es!”, pensó, sintiéndose un poco picada, aunque enseguida creyó comprender. “Claro, es la timidez. Los tipos tímidos siempre dan la impresión de ser poco sociables, y a veces hasta parece que se hacen los duros, pero en realidad lo que tienen es miedo”.
Cuando reaccionó ya el hombre estaba terminado de pagar en la caja. Mónica no lo pensó, dejó sus compras inconclusas en el carrito y salió tras él.   Esta vez no iba a perderlo. No estaba dispuesta a esperar no sé cuantos días más hasta que volverselo a encontrar.
 Lo seguiría y por lo menos averiguaría dónde vivía. Obviamente debía ser cerca, porque de otro modo no compraría en ese supermercado. ¡Sí, eso haría! No lo pensó más y comenzó a seguirlo a una distancia prudencial, si la veía podría disimular sin dificultad, pues conocía muy bien la zona.
Cuál no sería su sorpresa al verlo encaminarse hacia la estación del metro. ¿Al metro? ¿Cómo que al metro? ¿A dónde se va con las compras? Si lo hubiera visto ese día por primera vez, podría ser casualidad, pero haberlo visto dos veces seguidas en el mismo súper tenía que tener una explicación. Y ya estaba descartado que viviera por allí, tenía que haber otra razón. "Puede ser que visite con regularidad la zona, tal vez a algún amigo, o… ¿una novia? Bueno, no tiene que ser necesariamente una casa lo que visita, puede ser… ¿Qué lugares hay por aquí? No tiene pinta de ser de los que van a la biblioteca, y ya yo aprendí que esas apariencias generalmente no engañan. Pero si es tan atlético, entonces el sitio a donde va podría ser… ¡el gimnasio! Claro, ¿cómo no lo pensé antes?”.
En la urbanización había un gimnasio muy bien equipado al que acudía mucha gente de otras partes de la ciudad. “Sí, eso es. Y tiene sentido, porque la vez pasada estaba en ropa deportiva y hoy, aunque lleva blue jean, también carga un morral, así que puede haberse cambiado y llevar la ropa ahí. Y el supermercado queda precisamente en la vía del gimnasio al metro, por eso de vez en cuanto entra y compra algo que necesite antes de regresar a su casa”.
Ya estaba segura de no equivocarse, así que cuando lo vio entrar a la estación de metro, y bajar por la escalera mecánica, decidió que tenía suficientes elementos para idear alguna estrategia de acercamiento. No iba a cometer otra vez la locura de irse tras un hombre hasta quién sabía dónde.
Mientras regresaba a su casa, fue urdiendo un plan. Las dos veces lo había visto más o menos a la misma hora, eso significaba que era la hora en que salía del gimnasio. Solo tenía que apostarse allí al día siguiente desde un par de horas antes para verlo llegar. Luego iría y pagaría una clase ese día, para poder entrar y observarlo en su ambiente. Si la reconocía, y lograba entablar conversación con él, ya se inventaría algo. Y si era necesario, se inscribiría en el gimnasio para poder verlo todos los días hasta que algo sucediera. Estaba decidida, iría por aquel hombre y se sacaría aquella piedra, costara lo que costara.


Hasta aquí llegué en aquel momento y ahora ustedes, si van a participar en el concurso, deben continuar desde este punto.
Si no has leido las entregas anteriores, y ahora te dio curiosidad, aquí las tienes.

2da entrega