martes, 13 de marzo de 2018

Relato: Burbujas de amor



Este relato lo habia escrito hace unos años a petición de un amigo quien tenía una revista de tema financiero y era un asiduo lector de mis novelas, que en aquel momento me retó a escribir un cuento que combinara el tema del erotismo con las finanzas. Yo entonces recordé unas confidencias que él mismo me había hecho una vez sobre la manera que en que se las arreglaba, a pesar de su edad y sus problemas de salud, para siempre tener compañía femenina, y le devolví el desafío a modo de broma. Ahora lo he rescatado para publicarlo en el blog y, de paso, homenajear a esta persona, ya fallecida y cuyo nombre me reservaré, pero a quien siempre recordaré con mucho afecto


Tres amigos conversan en un bar. Dos son hombres maduros de alrededor de sesenta años, el tercero ya se acerca a los setenta. Están un poco pasados de copas y surge el tema del sexo.

Uno de los dos más jóvenes, bastante calvo y con un vistoso bigote, comenta que el viagra a él vino a salvarle la vida, pues con los problemas de salud que tiene desde hace años, la erección se le dificultaba bastante.

—¡Qué va! —protesta enérgicamente su contemporáneo, quien conserva toda su cabellera entrecana—. Para mí es todo lo contrario. Yo no quiero saber nada del viagra.

—¿Y eso por qué? —Se interesa el más anciano, un señor completamente canoso y de muy buen porte, con una prominente nariz—. ¿Te ha provocado algún efecto secundario?

—No, no es eso —responde el aludido—. Es que es un despilfarro total.

—¿Te parece muy caro? Yo creo que vale lo que cuesta —dice el bigotudo.

—No, tampoco es esa la razón. Lo que pasa es que a nuestra edad ya las mujeres no se dan tan fácil. No es como cuando éramos jóvenes, que uno las invitaba a un par de copas y luego ya el polvo era seguro. Ahora hay que conquistarlas con algo más. Llevarlas a buenos restaurantes, lugares de moda, hacerles regalos, o sea, invertirles pasta. Y luego que te las ligas, seguir gastando para mantenerlas interesadas. Es la ruina.

—Eso tiene su parte de verdad, pero yo sigo sin entender la relación con el viagra. Porque si para colmo no se te empina, ¿entonces de qué te sirve tanta inversión?

—Lo que pasa es que yo lo veo al revés. Si no se me empina, no necesito de las mujeres y no tengo invertir nada –sonríe, triunfal—. Por tanto, mantengo esas pastillas azules bien alejadas de mí. Es el mejor método de ahorro.

Los otros dos se ríen por un rato. Luego el del bigote interviene.

—Pues yo no lo veo así. En definitiva, uno no toma viagra y luego sale a buscar la mujer, sino al contrario. Y para mí el deseo está siempre ahí, con erección o sin ella, y si una mujer me gusta, no reparo en gastos. Y luego con la pastillita azul, termino de afrontar la situación.

—Pues yo ni lo uno ni lo otro —sentencia el más anciano—. A estas alturas hay que utilizar la inteligencia en ese asunto del sexo. La potencia es lo de menos, lo que vale es la experiencia y lo que uno sea capaz de lograr con las posibilidades que tiene. Yo les aseguro que ninguna mujer que haya estado conmigo se ha quedado insatisfecha. Y no sólo es responsabilidad del Viagra.

En ese momento, una de dos mujeres que están sentadas en la mesa de al lado, interviene en la conversación. Es atractiva, aunque ya no muy joven.

—Usted perdone que me meta, yo no dudo de sus habilidades, pero ¿cómo puede estar tan seguro de eso? Las mujeres somos especialistas en fingir orgasmos.

El anciano se vuelve hacia ella.

—Fingir, pueden hacerlo, pero a mí no me engañan. Hay ciertas respuestas corporales que no se pueden imitar, aunque no todos los hombres las saben reconocer.

—Y usted sí, por supuesto —dice la mujer, con una sonrisa irónica.

— Por supuesto. —La mujer pone cara de duda. El hombre la observa, retador—. Si me dejas, te lo demuestro —le propone—. Es más, ¿quieres apostar?

—¿Qué clase de apuesta?

— Muy simple. Yo te apuesto cinco mil euros a que podría provocarte diez orgasmos en unas cinco horas. Si lo consigo, tú me los pagas. Pero si nada más llegas a nueve, yo te doy a ti los cinco mil euros. ¿Qué dices?

Ella lo mira, escéptica.

—¿Está seguro de lo que está diciendo?

—Completamente. Ten en cuenta de que en este caso no te serviría de nada saber fingir. Estarías experimentando el orgasmo y tendrías que poder ocultarlo. Y eso es imposible.  Por la misma razón de que no podrías evitarlo aunque quisieras. —La mujer se queda pensativa—. ¿Aportamos entonces?

—La idea me atrae —dice al fin—, pero primero tengo que conseguir esa cantidad de dinero, ahora mismo no la tengo. Pero lo veré aquí el sábado a esta hora y le doy mi respuesta, ¿vale?

—Vale —contesta el hombre, mientras sonríe, socarrón.

Los tres hombres contemplan a la mujer ponerse de pie y caminar hacia la salida.

—Oye —dice el del bigote—. La verdad es que no está nada mal, pero tampoco es que vale cinco mil euros. Por esa cantidad te consigues mejor a dos de veinte. O hasta tres. ¿No crees?

Se ríen.

—Bueno, lo de la edad es discutible. No hay que olvidar que las mujeres son como el vino… Pero no hay de qué preocuparse —asegura el anciano—. No va a venir el sábado. No es la primera vez que hago esta apuesta. La primera vez que lo propuse iba bien dispuesto y me arriesgué, pero luego me di cuenta de que ellas nunca se arriesgarían a algo así. En el fondo se sienten inseguras de poder controlar sus propios cuerpos.

—¿Y para qué lo haces entonces?

—Solo me divierto un poco.

—Pero ¿y si alguna aceptara? ¿Te crees realmente capaz de lograrlo? Porque aún con el Viagra, a tu edad…

El otro sonríe con picardía

—Hay algo de lo que nunca se habla en la apuesta y es la forma en que voy a lograr provocarles los orgasmos. Por supuesto que no cuento solamente con mi potencia. Otros apéndices de mi cuerpo, en cambio, sí están aptos para una contienda así.

Los mira, enigmático. El del bigote mueve la cabeza, incrédulo.

—Pues yo creo que por muy bueno que seas, también la lengua se te terminaría cansando, ¿no crees? ¿Te imaginas cinco horas seguidas?

El otro asiente, apoyando el punto de su amigo.

—Qué va. Imposible.

El anciano se echa a reír. Ellos lo observan, intrigados.

—En esa contienda yo usaría todas mis armas, obviamente y la lengua es una muy importante, pero cuando hablo de apéndices no me refería a ella.

—Y entonces…

—¿Recuerdan esa canción de Juan Luis Guerra: “Quisiera ser un pez, para mojar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor por donde quiera…”? —Les hace un guiño significativo, mientras con un dedo se acaricia el puente de su propia nariz.

—¡No! Tú estás de coña. ¿La nariz?

—Claro. A mí la madre naturaleza me dotó muy bien por ese lado. ¿Por qué no aprovecharlo? Y me atrevo a asegurar que ninguna se resiste a esto. Así que… esa es mi carta bajo la manga.

Los tres se ríen de buena gana. 

¿Te ha gustado el relato? Si tienes alguna opinión sobre el tema, la puedes dejar aquí.

sábado, 23 de abril de 2016

Relato erótico FETICHE



El último de sus compañeros de trabajo pasó junto a su escritorio y luego de un rutinario “feliz finde", también desapareció tras la puerta de vidrio.

Silvia miró el reloj. Eran las 18:45. Necesitaba apresurarse si quería hacerlo aquella noche, pero aún los números del balance se resistían a cuadrar. El jefe aspiraba a tenerlo sobre su escritorio a primera hora del lunes y ella prefería terminarlo, para no tener que llevarse a casa nada de la oficina. Aún le quedaba una media hora de trabajo.

No podía demorarse. Nadie la esperaba esa noche, pero a las 20 horas cambiaban la guardia de la entrada y uno de los guardas recorría las oficinas. Además, si salía muy tarde, ya no alcanzaría el autobús hacia su casa y tendría que tomar un taxi, un lujo que raramente solía permitirse. Aunque su sueldo de contable era más que aceptable, prefería evitar ciertos gastos superfluos.

Al fin obtuvo el resultado correcto. El informe del desempeño económico del mes estaba listo. Lo imprimió y se dirigió a la oficina del Presidente. Antes consultó el reloj de la pared, eran las 19:40. Aún tenía tiempo.

Mientras caminaba sintió el habitual cosquilleo en su vientre. Llevaba más de una semana sin poder disfrutar de su pasatiempo secreto. Dejó los papeles sobre el escritorio y salió al pasillo. Caminó hasta la puerta contigua y entró.

Era la oficina de Mario, el vicepresidente. Al entrar, las aletas de su nariz se dilataron, siempre había ese fuerte olor a tabaco en el ambiente. Silvia no soportaba a los fumadores, el humo por lo general la hacía toser, pero el aroma de aquellos cigarrillos negros que fumaba Mario la embriagaba. Con él todo se trataba de olores. Se dirigió a la puerta del pequeño baño, la abrió y se detuvo en el umbral.

Echó una ojeada. Ahí estaba, en el lugar de siempre. Se acercó, la tomó en sus manos y la acercó a su nariz. Aspiró con avidez el olor que despedía y el cosquilleo comenzó a acrecentarse. Su pelvis tembló mientras recordaba a Mario entrando aquella mañana por la puerta de vidrio, vestido con ropa de deporte, en las manos su maletín y el gancho con su flux. La saludó sin apenas verla, como ya era usual. Y dejó en el aire el penetrante olor de su transpiración.

Cada día corría por el Parque del Retiro antes de ir a la oficina. Llegaba un poco antes de la hora, se daba un baño y se cambiaba de ropa. A veces olvidaba su camiseta sudorosa en el gancho del baño. Y esos días Silvia tenía su fiesta privada.

Ella ya sabía que era uno de esos días. Lo había visto salir en la tarde, sólo con el maletín en la mano. Cuando se llevaba la camiseta lo hacía en una bolsa plástica. De modo que hoy la había dejado, como un involuntario y generoso regalo para ella, su anónima admiradora secreta. Desde ese momento, Silvia no había podido esperar la hora en que todos se fueran y tuviera oportunidad de quedarse a solas con su fetiche.

Nadie sabía de su oscura afición. Su amiga Esther a menudo la invitaba a salir, pero ella casi nunca aceptaba. Detestaba sentarse en un bar a soportar el humo de mil cigarrillos y a aquellos ancianos babosos, que eran los únicos que se fijaban en ellas.

No soportaba a los viejos, aunque era consciente de que, a su edad, ya no podía aspirar a hombres jóvenes. Bueno, excepto a aquellos chicos universitarios, tan fuertes y saludables, que por dinero accedían a pasar unas horas con señoras maduras necesitadas de compañía.

Siempre había rechazado esa posibilidad. Sabía que no era un pasatiempo barato y temía que, de probarlo, fuera a convertirse en una adicción, como le sucedía a Esther, que dilapidaba gran parte de su sueldo en aquellos lances. Además, ya le había tomado el gusto a sus incursiones secretas a la oficina de Mario y con eso tenía suficiente. Sin contar con que estas eran completamente gratis.

Ahora, mientras con una mano sostenía la camiseta contra su rostro y recreaba en su mente los músculos pectorales del joven tensando la tela húmeda que se les adhería, la otra se deslizó en su escote y palpó sus senos, cuyos pezones estaban completamente tensos bajo el sujetador. Luego la deslizó bajo su falda y embebió sus dedos de la humedad que ya se había filtrado entre sus muslos. Trajo esa mano también a su nariz y aspiró su propio olor íntimo unido al que despedía la camiseta de Mario. Después de eso, ni siquiera necesitó tocarse. Su orgasmo se disparó de inmediato, haciendo a sus caderas vibrar con tal intensidad, que necesitó sostenerse del toallero para no golpearse con la pared.

Siempre tenía el impulso de gritar, pero no era conveniente hacer ruido, pues por esa ventana podrían escucharla los vigilantes. De modo que mordió la tela para ahogar en ella sus chillidos.

De repente, un ruido la arrancó de su éxtasis. Dejó la camiseta en su sitio y salió del baño, justo en el momento en que el guarda entraba por la puerta de la oficina. 

Ah, estaba usted aquí, doña Silvia se sorprendió el hombre. Me dijeron que aún no había salido y me extrañó no verla en su escritorio. ¿Algún problema? –indagó al ver el rostro de aquella cincuentona, exaltado por un raro rubor que la hacía parecer más joven y atractiva.

–No, no sucede nada, sólo tuve un pequeño percance femenino, pero ya pasó. Cuando estoy sola, vengo siempre a este baño, está mas limpio –agregó, con un guiño de complicidad–. Me guarda el secreto, ¿vale?

El hombre asintió, mientras notaba que la blusa de la mujer tenía varios botones entreabiertos y uno de sus senos casi se salía del sujetador. Ella percibió la mirada y también su objeto. Ruborizada, se la abotonó rápidamente. Él disimuló y continuó su recorrido.

Silvia buscó su bolso, y esta vez en el baño habitual de damas, se arregló para salir. Ante el espejo, tuvo la misma visión del guarda, una mujer con el rostro radiante y un brillo intenso en la mirada. Le sonrió a su imagen. Estuvieron a punto de pillarla, pero había valido la pena.

jueves, 9 de julio de 2015

Relato erótico A PUNTO DE CARAMELO




La muchacha estuvo toda la cita coqueteándole, y Daniel estaba seguro de que aquella noche no solo lograría al fin su ansiada iniciación sexual, sino que su cama se convertiría en una sucursal del paraíso terrenal. Sabía que ella no era virgen, por eso cuando aceptó su invitación a cenar, con una sonrisa que prometía mucho más, se sintió algo inquieto y decidió hacer una encuesta al respecto entre sus amigos y parientes: “¿Qué debe tener en cuenta un joven para no fallar en su primera vez?”.

Tras pasar todo el día indagando, se fue a su cita con todo un bagaje de valiosa información, dispuesto a comerse el mundo. Y todo pintaba de maravilla. Ya desde que cenaban en el restaurant, uno frente al otro, había una chispa de deseo en los expresivos ojos negros de la chica, y cuando sus manos coincidieron en la cesta de pan y se rozaron, él pudo notar el estremecimiento que la recorría. Luego, mientras bailaban suavemente un bolero y sus manos ceñían la breve cintura, sentía su cuerpo pegarse al suyo y trataba de controlar la erección para no presionarla, tal como le había aconsejado su hermano mayor.

Ella aceptó de inmediato su propuesta de tomar un trago más en su casa y una vez sentados en el sofá, con sus respectivas copas de vino en las manos y una agradable música de fondo, no le fue nada difícil irse aproximando lentamente, y besar aquellos labios que se extendían sedientos hacia él. Se besaron un rato, acariciándose por encima de la ropa, hasta que esta empezó a estorbar, y como en las películas, llegaron al cuarto desesperados y a medio vestir, cayeron abrazados en la cama.

Él entonces terminó de desvestirla y se quedó por un momento mudo ante la visión de su primera mujer desnuda. “No dejes de encender la luz y mirarla bien, nunca olvidarás ese momento”, le aconsejó su tío de Barquisimeto, al que encuestó vía Whatsapp. La contempló, arrobado: tenía senos redondos y abultados, con oscuros pezones ya erectos por la excitación, el vientre liso, una cintura estrecha que luego se abría en las generosas caderas, entre las que el prominente pubis se alzaba, retador. 

Ella sonrió pícara en dirección a su entrepierna, como indicándole que también debía exponerse a sus ojos. Daniel lo hizo sin timidez, pues un amigo dos años mayor le había asegurado que a las mujeres el tamaño del miembro les importaba, y mucho. “Mientras más grande, más impresionada quedará y luego no lograrás sacártela de encima”, le aseveró. Él se sabía muy bien dotado, por lo que no tuvo reparos en abrir el cierre de su pantalón y dejar al descubierto su descomunal herramienta. Al ver que a la chica los ojos casi se le salían de las órbitas, confirmó que la partida estaba ganada.


―Que va, eso sí que no ―dijo entonces ella, apartándose con evidente temor.

Susto inicial de Daniel, pero enseguida acudió a su mente el consejo de un compañero de clase, ya con cierta experiencia en el sexo. “Cuando una mujer dice ‘no’, en realidad está diciendo ‘sí’”. De modo que si ella ahora se estaba negando, él debía interpretar que le estaba dando luz verde. Su temor parecía real, pero de inmediato lo desechó. “Son capaces de fingir muy bien con tal de hacértelo más difícil”, había agregado el chico.

Daniel hizo ademán de acercarse y cuando ella se apartó otra vez y hasta trató de pararse de la cama, echó mano al siguiente consejo de su lista. Este se lo había dado su vecino, al que también consultó al tropezárselo esa tarde en la escalera: “A las mujeres hay que demostrarles fuerza, poder. Les encanta que el hombre sea rudo, mientras más, mejor”.

Se abalanzó sobre la muchacha, que tomada por sorpresa, no lo pudo eludir. Haciendo acopio de toda su fuerza logró abrirle las piernas que ella, aferrada a su juego de negativas, se empeñaba en mantener cerradas y entonces recordó la advertencia de su tío materno: “No vayas directamente a la penetración, antes debes estimularle el clítoris, eso las vuelve locas”. Así que hundió su cabeza entre los muslos de la muchacha y cuando la sintió relajarse ligeramente, comprendió que iba por buen camino. Movió su lengua entre los pliegues hasta atrapar el clítoris (estaba justo donde indicaba el manual de Educación Sexual que le entregó su hermana como única respuesta, cuando intentó encuestarla), y atrapándolo entre los dientes, lo succionó con fuerza, alentado por los bruscos movimientos de cadera de ella y sus sonoros quejidos.

La chica se removía, cada vez más inquieta. “Sal de ahí, por favor, sal de ahí”, le rogó al fin. Daniel comprendió que no podría seguir retrasando las cosas. “Cuando esté a punto de caramelo, ella misma te pedirá que la penetres”, le había dicho su primo de Miami, al que consultó en teleconferencia vía Skype. Manteniéndole las piernas separadas, se colocó de rodillas entre ellas y se inclinó para penetrarla.

―No lo hagas, por favor, no… ―balbuceó la muchacha, y él no necesitó de más estímulo.

Buscando con sus dedos el sitio correcto, que también viera en el manual, empujó hacia adentro con fuerza, haciéndola soltar un grito de dolor y comenzó a moverse enérgicamente, sintiendo que con cada chillido ella lo alentaba a seguir. Siguió así por un rato, sumido en sus propias sensaciones placenteras, y de pronto notó que la muchacha ya no gritaba, no se movía, no lo alentaba. Se detuvo y vio que lo miraba con expresión suplicante, y lágrimas en los ojos. “Acaba ya, por favor”, le rogó.

“A veces se excitan tanto, que hasta lloran de placer”, había dicho su abuelo paterno, nostálgico, cuando él lo visitó esa mañana en el ancianato. Pero, ¿y por qué la súplica? “Claro”, recordó, ella le estaba diciendo que ahora él debía llegar a su clímax. “Sentir que estás acabando dentro de ella, satisface a una mujer más que su propio orgasmo”, le aseguró su mamá. O sea, que ya debía eyacular, pero ahora el problema era que no lo conseguía. “El mayor pecado que puedes cometer es acabar demasiado rápido”, le había advertido su papá y aún fue más allá. “Para evitar que la emoción de la primera vez no lo eche todo a perder, puedes masturbarte antes de salir a buscarla, así no estarás tan presionado y podrás darte tu tiempo”. Daniel no solo lo hizo, sino que para mayor seguridad, antes de salir del restaurant lo repitió en el baño. No quería que nada saliera mal.

Y ahora no había manera de eyacular, así que siguió dándole por un buen rato más, con todas sus fuerzas, confiando en que ella apreciaría su capacidad de resistencia. Cuando al fin lo logró, y cayó rendido a un costado de la muchacha, el suspiro de alivio que escuchó, y que interpretó como de satisfacción, terminó de convencerlo de que todo había ido bien.   

Por eso no entendió nada cuando fue a abrazarla y ella bruscamente se libró de su brazo y sin mirarlo se puso de pie, rescató sus ropas del suelo y se encerró con ellas en el baño. Unos minutos después salió, ya vestida, y sin siquiera mirarlo, se fue dando un portazo.

¿Qué le había sucedido? Su abuela materna le había indicado, expresamente, que a las mujeres les fascinaban los arrumacos posteriores al sexo y que no se le fuera a ocurrir encender el televisor, fumarse un cigarro o simplemente volverse a un lado y comenzar a roncar. Él se había cuidado muy bien de no caer en esos errores. Es más, había tomado en cuenta todos los consejos. ¿Qué era lo que había salido mal? 


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