domingo, 29 de marzo de 2015

Relato erótico CURVAS PELIGROSAS



Mientras conducía por la larga y desierta carretera, Víctor no podía dejar de espiar por el retrovisor los movimientos de la muchacha que dormía en el asiento trasero de su camioneta. Aprovechando que el tráfico era casi nulo por aquellos parajes, había inclinado el espejo para tener una vista perfecta de las largas y torneadas piernas, apenas cubiertas por la escasa tela de la minifalda.
La durmiente estaba tendida de lado, con la espalda vuelta hacia él. A cada movimiento que hacía en sueños, su falda se encogía un poco más y ya sus muslos estaban casi por completo al descubierto. Víctor temblaba de la excitación, era obvio que de seguir así las cosas, pronto quedaría a la vista el nacimiento de las nalgas. Tal vez tendría hasta un atisbo de la pantaletica, que dado el estilo de la chica, debía ser tan mínima como la faldita que la cubría.
Conocía a la muchacha de verla cada día en su edificio y esa mañana al coincidir en el ascensor con maletines, descubrieron que ambos iban para la misma región del interior, él por trabajo, ella para visitar a su familia. Víctor ofreció a llevarla y ella aceptó encantada. Detestaba los autobuses, donde había tenido que pasar por algunos incidentes desagradables. “Vestida así, me imagino”, pensó Víctor, y ella apreció adivinarle el pensamiento. “Pero nada demasiado grave, que no fuera capaz de manejar”, le dijo con una sonrisa cómplice, pero que a la vez encerraba una advertencia. Él leyó: “Cuidado con lo que intentas, a pesar de lo que pueda parecer por mi aspecto, no soy tan fácil como imaginas”.
La chica siguió hablando por un buen rato. Era inteligente y bastante divertida, pero Víctor apenas la escuchaba. Estaba muy ocupado en atisbar el generoso escote de su ajustada franelilla, que dejaba apreciar buena parte de los voluptuosos pechos. Las manos le sudaban frío y mojaban el volante, pero ella no parecía reparar en su turbación. O tal vez sí la notaba y aquella aparente inconsciencia constituía sólo un elemento más de su perturbador estilo de seducción.
Por las dudas, decidió que no intentaría nada fuera de lo normal. Al final era preferible hacer aquel tedioso viaje en compañía y ya se podía considerar pagado con la visión de aquellas tetas prodigiosas, que a cada movimiento brusco del auto temblaban como gelatina y se salían un poco más de la blusa.
Pararon a almorzar cerca de Maracay y un rato después de volver a la vía, la muchacha empezó a bostezar y le pidió que la dejara recostarse un poco en el asiento de atrás. Ahora parecía tener un sueño inquietante y se quejaba levemente. Víctor temió que despertara y sus esperanzas se vieran frustradas, pero eso no sucedió. Por el contrario, se acomodó mejor y con el cambio la falda se retiró otro tramo, quedando buena parte de sus nalgas ante los desorbitados ojos del hombre. Víctor acomodó aún mejor el espejo y contempló a sus anchas las dos semiesferas de carne blanca y turgente, apenas separadas por la delgada tira de tela color beige del minúsculo hilo dental.
Aquello era demasiado. Dirigió la vista al cierre de su pantalón, que parecía querer estallar por la presión proveniente del interior. Todavía dudaba, pero en ese momento ella, que seguía soñando y moviéndose, encogió una de sus rodillas y los muslos se separaron un tanto más. Víctor aguzó la vista y siguió el rumbo trazado por la tira beige, pero desafortunadamente ésta comenzaba a ancharse justo en el sitio recién al descubierto, impidiéndole seguir avanzando en su exploración.
No resistió más. Echó vistazo a la vía por los espejos laterales y vio que todo seguía desierto. Se detuvo y bajándose del auto, se introdujo por la puerta posterior, del lado que quedaba el trasero de la muchacha. La chica gemía en sueños y estaba ahora boca abajo, con sus nalgas de nuevo al descubierto. Víctor no se detuvo a meditar. Bajó el cierre de su pantalón y separando las piernas de la muchacha, apartó la tira del hilo dental y la penetró. Para su sorpresa, ella, en lugar de reaccionar bruscamente, lo que hizo fue frotarse contra él para ayudarlo a entrar más.
“Sí que eres tímido, hombre, ya estaba cansada de hacerme la dormida”, le dijo en un susurro incitante y se acomodó mejor para facilitarle los movimientos. Víctor se sentía de repente un superhéroe. La embistió una y otra vez, mientras apretaba entre sus manos aquellos fabulosos senos, ahora completamente fuera del escote. Ella gemía cada vez más alto y se contoneaba, apretándose a la vez contra su pelvis.
El éxtasis se acercaba. Víctor estaba tan abstraído, que no se percató de que entraba en una peligrosa curva, a la vez que iba perdiendo la dirección y acercándose alarmantemente a la línea divisoria de la vía. Cuando vio surgir por el canal contrario el enorme camión, que avanzaba directamente hacia él, sólo tuvo unas centésimas de segundo para dar un brusco giro a la derecha y evitar el impacto.
El camionero se alejó luego de gritarle unos insultos y Víctor se quedó detenido en la cuneta, algo aturdido y sin saber bien de dónde provenía aquella espesa humedad en su pantalón. De repente reaccionó y echó un vistazo al retrovisor. La chica no se había despertado, pero había vuelto a cambiar de postura y ahora ninguna parte de su cuerpo estaba demasiado visible.
Respiró con alivio, devolvió el retrovisor a su posición correcta y se puso nuevamente en marcha. 

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