miércoles, 19 de junio de 2013

CARACAS ERÓTICA. 1ra entrega: SEÑALES DEL CIELO



Este relato erótico fue posteado inicialmente incompleto y formó parte de un concurso en que los lectores proponían diversos finales. Ahora es la primera entrega de una serie de relatos que llamaré "Caracas Erótica", y que mantendrá a la misma protagonista en diversas situaciones de sexo urbano.




Todavía no podía creer que aquello hubiera sucedido. Menos aún que ella se hubiera atrevido a ser su protagonista. Era de ese tipo de anécdotas que, a pesar de tener una moraleja bien aprovechable y hasta su cuota de humor, uno nunca se atrevería a contársela a sus hijos y nietos, tan sólo por la vergüenza de confesarse protagonista de semejante insensatez. Si se la estaba contando a Sonia, era solo sólo porque seguía tan conmocionada, que si no hablaba con alguien, se moría. “Y tú eres mi mejor amiga, así que, ¿a quién mejor?”.

Eran como las cuatro de la tarde, y Mónica regresaba a casa en el Metro. En una estación se montó un muchacho que enseguida le llamó la atención. “No puedes ni imaginarte lo bueno que estaba”. Se veía que acababa de salir de algún gimnasio o entrenamiento, y no sólo porque usaba short, camiseta y zapatos de goma, o porque aún se le notaba sudoroso. Sus brazos y piernas eran musculosos; su espalda, ancha, y sus pectorales, de tan abultados, casi hacían estallar la camiseta. 

Y no sólo era el cuerpo, su rostro también era digno de ser tomado en cuenta: un par de ojos negros espectaculares, nariz recta, labios llenos y sensuales… Llevaba el pelo, también negro, muy corto y una sombra de barba muy tupida, como de dos días sin afeitar. “Un verdadero atraco. Provocaba irle encima y comérselo a mordidas.

El muchacho se sentó un poco lejos de Mónica, y después de contemplarlo un rato, ella decidió que sería mejor olvidarlo. Con un cuerpo tan espectacular y esa pinta de vivir dedicado a él, seguro no se podría entablar con él siquiera una conversación medianamente inteligente. Pero por más que trataba, no podía quitarle los ojos de encima. Le volvían a él como atraídos por un imán, y a su mente empezaban a llegar imágenes perturbadoras, y unas cosquillas a subirle por el espinazo… “Increíble, me estaba excitando allí mismo, en pleno vagón. Hasta me dio miedo que alguien se diera cuenta”.

Ahí fue que empezó a dudar. ¿Y si lo estaba juzgando sólo por su apariencia? Bien podría estarse engañando, pero, ¿cómo estar segura? Necesitaba una pista, algún indicio. Miró alrededor. El hombre frente a ella tenía un periódico, y hasta pensó pedírselo, para ver si el horóscopo le decía algo revelador. “Sí, sé que fue una idea tonta”. Ya estaba empezando reaccionar de forma inusual y errática, bajo el influjo de la irresistible atracción que aquel hombre ejercía sobre ella.

Fue entonces que, con el rabo del ojo que no había dejado de espiarlo, captó en él un movimiento inesperado. Se volvió. Había abierto su mochila azul marino y de ella sacado… “¡Adivina! ¡Nada menos que un libro! ¿Te imaginas?”.

Un montón de campanitas empezaron a tintinear en la cabeza de Mónica. Si ésa era la señal que le enviaban, no cabía duda: tenía que seguir adelante. Alguien que leía no podría ser tan elemental, aun cuando se dedicara a cultivar el cuerpo. Volvió a mirarlo, extasiada, y cada vez se convencía más. “Si había tenido la suerte de toparme con un tipo, que encima de estar tan bueno, tenía algo en la cabeza, yo no podía perder aquella oportunidad”.

Se dispuso a actuar. Lo primero era llamar su atención, y su reflejo inmediato fue meter la mano en el bolso y sacar su propio libro. Sabía por experiencia que nada atrae más a un lector que otro lector, se crea enseguida una corriente de identificación, que facilita cualquier acercamiento posterior. Ella siempre llevaba un libro en la cartera, si no lo había sacado antes para ir leyendo por el camino, era porque se había distraído precisamente mirándolo a él.

Éste lo acababa de comprar y ni lo había ojeado. Sólo sabía que era una novela erótica y eso también le pareció un símbolo prometedor. Lo abrió y fingió recorrer las líneas, pero de inmediato algo en el texto despertó su curiosidad y terminó interesándose en la lectura. La novela transcurría en el siglo XIX, y justo en ese capítulo, una joven aristócrata se ve junto a un grupo de personas, se trasladaba en un carruaje de un pueblo a otro. 

Con Virginia viajan varias personas, pero toda su atención se centra en un joven que va sentado al lado de la puerta. A juzgar por su vestimenta, es alguien muy humilde, de pueblo, pero a ella le parece excepcionalmente atractivo. Sabe que eso no tiene ningún sentido, pero no consigue dejar de mirarlo. “Es tan hermoso”, piensa. “Y a pesar de sus ropas tan sencillas tiene como un garbo, una elegancia natural... Tampoco sus manos son las de un trabajador del campo, parecen finas y cuidadas y sus ojos irradian nobleza. Probablemente proceda de una familia de linaje, venida a menos. Ni me ha mirado, ¿será que no me ha visto?  No, no puede ser, lo que pasa es que debe sentirse intimidado, y lo entiendo, si yo estuviera tan mal vestida no me atrevería ni a mirar los ojos de un caballero. 

La evidente analogía con la situación en que se encontraba sacudió a Mónica. Era otro indicio de que iba por buen camino. Aunque su lector del metro a ella ni la había notado, y si seguía tan abstraído en su lectura, nunca lo haría. Entonces vio desocuparse un puesto frente al suyo y decidió sentarse allí, para ver si lograba que se fijara en ella.

En ese momento, el tren llegó a una estación. El muchacho cerró el libro de golpe, se paró y salió por la puerta más cercana. Mónica, que ya estaba de pie para cambiar de asiento, ni lo pensó y salió detrás de él. No había oído ni qué estación era, pero qué importaba, no podía perderlo.

Empezó a subir la escalera mecánica, presa entre un mar de gente que no la dejaba avanzar y viendo cómo su mochila azul llegaba arriba, y se perdía de vista en medio del tumulto. Se desesperó. Con tantas señales positivas, no podía ser que se le escapara. “Comencé a rezar como una loca, no, mi diosito no podía permitir que aquella belleza se me escapara”. Cuando llegó arriba, el muchacho no se veía por ninguna parte. Atravesó el torniquete, tomó la salida más cercana y subió toda velocidad la segunda escalera, que por suerte estaba casi vacía.

Ya en la calle, miré ansiosa alrededor. Ahí estaba, esperando tranquilamente el metrobús, otra vez con su libro ante los ojos. “Le di gracias a Dios y… ¡hasta le prometí ir a misa el domingo!”. Se puso en la cola, quedando unas cuatro personas más atrás que él. Desde ahí era imposible intentar nada, no le quedaba más remedio que esperar a estar en el autobús. Volvió a abrir su novela. 

El carruaje ha llegado a un destino intermedio y varias personas se bajan, quedando sólo Virginia y el joven campesino para continuar viaje. “¡Qué suerte!”, celebra ella, “vamos a seguir solos el viaje. Es largo, así que podré observarlo mejor y tal vez hasta logre vencer su timidez. Porque ahora ya tiene que haberme visto, sin embargo, sigue retraído. No es para menos, el cochero ya lo miró con cierta desconfianza al ver que quedábamos solos y le lanzó una mirada como de "cuidado con importunar a la señorita".  Pero ya irá ganando confianza. De eso me ocupo yo. 

Mónica estaba cada vez más emocionada. La similitud se le antojaba casi mágica y ahí fue que tomó la decisión más trascendental del día: seguiría las indicaciones del texto, haría lo mismo que esa chica hiciera. “No me mires así, que parecía muy lógico en aquel momento. Además, ¿qué mejor que la Literatura para servirme de guía?”.

Se apartó unos pasos de la cola y lo contempló, esta vez de perfil. Unas gotas de sudor le corrían por la cara y en ese momento sacaba un pañuelo y se las secaba. Ya empezaban a humedecérsele los muslos, sólo quería correr hacia él y lamer ella misma aquel sudor, que tendría ese sabor entre ácido y salado, como de pepinillos encurtidos… Empezó a temblar y eso ya la asustó un poco. Se sentía fuera de control, capaz de hacer cualquier locura. Hasta le daba miedo seguir leyendo, pues ya sabía que lo que fuera que dijera allí, tendría que hacerlo.

En ese momento el metrobús llegó. Al llegar su turno subió y mientras validaba el boleto, lo buscó con la mirada. Ahí estaba, en uno de los asientos de adelante que van contrarios al resto. Frente a él ya había alguien, pero el puesto diagonal estaba vacío, y Mónica se apresuró a ocuparlo. Hizo tanto revuelo al sentarse, que por primera vez lo vio levantar la vista de su lectura y fijarla en ella.  “¡Qué mirada, amiga! Me penetró hasta el alma, y no sé, pero algo en ella me hizo sospechar que no me estaba viendo por primera vez.

Tal vez hasta había notado que lo seguía”. Volvió a temblar. Aquel par de ojos estaban clavados en ella, es decir, que tenía al fin toda su atención, justo lo que había estado deseando, y ahora no podía evitar sentirse intimidada. ¿Que debía hacer?

De inmediato recordó el libro y lo abrió. Allí tenía que estar la respuesta, además de que le serviría de parapeto contra aquellos ojos, que ya empezaban a ponerla nerviosa. Fingió leer un poco, y al volver a alzar la vista, ahí seguían sus ojos. Esta vez se sobrepuso a su timidez y le sostuvo la mirada. Ensayó una media sonrisa, que él le devolvió mucho más amplia, y con un dejo de malicia en las pupilas. De nuevo se turbó, y regresó a la lectura. 

El coche salta constantemente, por los accidentes del camino, y a cada impacto, los pechos de Virginia se elevan, amenazando con salir disparados de su escote; mientras su vecino, ya menos retraído, no los pierde de vista ni por un segundo. 

En ese momento, el autobús cayó en un bache. Los senos de Mónica rebotaron, y casi se salen de la blusa, cosa que aquellos ojos frente a ella no dejaron de notar. Ahora estaban fijos en sus pechos, que gracias a su camisa escotada y al sostén push off que las empujaba hacia adelante, debían lucir exactamente como los de la muchacha del libro, que impulsados desde abajo por su apretado corsé, desbordaban su escote. “¿Sigues viendo el paralelismo que entre el texto y la situación?”. Mónica estaba cada vez más exaltada, y sentía que no podría detenerse. Siguió leyendo. 

Virginia está cada vez más inquieta. “Sus ojos sobre mi piel me hacen sentir un calor que casi me abrasa, y tengo cada vez más deseos de saltar sobre él, y hundir mi boca en esos labios llenos y sensuales, que se me antojan frutas maduras, listas para ser mordidas. Ay, cómo lo deseo. 

El libro empezó a temblarle en las manos. “Eso mismo era lo que yo estaba deseando desde que lo vi en el tren, lanzarme sobre él y devorármelo”. Sexo, lo que quería era sexo, y aquella muchacha de la época victoriana le estaba dando una lección, era mucho más sincera consigo misma que ella. Se llenó de valor y le buscó los ojos. El deseo en ellos era tan intenso, que otra vez la hizo sentir intimidada. Volvió a refugiarse en la lectura. 

Ya ha dejado atrás su timidez y sus ojos me recorren con una avidez que me asusta, aunque aún no se atreve a dar el primer paso. Lo entiendo, de equivocarse y yo gritar, sería su fin. Ese cochero hasta va armado. Si no actúo yo, la cosa no pasará de este ya tonto intercambio de miradas. Busca los ojos del joven y por primera vez, le sonríe abiertamente. 

Leer eso le dio a Mónica el valor que necesitaba, y alzando la vista, de nuevo jugó a sostenerle la mirada. “Él se enganchó y competimos a ver quién la mantenía más tiempo fija en los ojos del otro”. Pero ambos hacían trampa. Los de él se desviaban invariablemente a su escote, y sabrá Dios lo que pasaba por su mente. Los de Mónica resbalaban por su cuello, siguiendo el recorrido de unas gotas de sudor que se deslizaban por su pecho, e iban a perderse bajo el cuello de la camiseta. “Parecían estar pidiendo a gritos que las detuviera con la lengua”.

Otra vez estaba excitadísima, y entonces se atrevió a ir más allá. Fingiendo rascarse una pierna, se inclinó y sus senos casi se salen de la blusa, ante los desorbitados ojos de hombre. Al incorporarse, le dedicó su sonrisa más seductora, y le hizo un guiño de complicidad. Se sentía de pronto dueña de la situación.

Él entonces buscó en su mochila y sacó un lápiz. Hurgó un poco más y al no encontrar lo que buscaba, por un momento se vio desorientado. Ahí fue que se fijó en el libro y sin pensarlo dos veces, se fue a la última página y, “¡le rasgó un pedazo! ¿Puedes imaginar lo que sentí?”. Nada más el sonido del papel al romperse fue para Mónica como si le dieran una bofetada en plena cara. Empezó a mirarlo con recelo, mientras escribía. Terminó, dobló el papel, extendió la mano y lo dejó caer en su falda.

Ella lo tomó con miedo. Después de lo que acababa de ver, podía esperar cualquier disparate, tal vez algo ilegible, faltas de ortografía garrafales, una sintaxis espantosa. Pero no, la letra era un poco inmadura, pero se entendía bien y todo estaba decorosamente correcto. ‘Me bajo en la próxima parada’, decía, ‘sígueme a distancia, y entra detrás de mí. Te espero al final del pasillo’. Otra vez temblores. Aquello iba muy rápido. Tenía que decidir y se estaba muriendo de miedo. Automáticamente, posó los ojos en el libro. La protagonista, dadas sus circunstancias particulares, había tenido que ser mucho más osada que ella. 

Aprovechando que el sol da en ese momento sobre ella, Virginia se cambia de lugar, quedando justo al lado del joven. Pronto un brusco viraje del carruaje la hace caer prácticamente sobre el regazo de él, cuyas manos la sostienen con firmeza, evitando su caída. Ella se vuelve y lo besa en los labios. Segundos después está a horcajadas sobre las rodillas del hombre, cuya cara se pierde entre sus senos, ya prácticamente fuera del vestido. 

“Ahí sí dije: ‘Al diablo. Si ella en esa época se atreve a dar rienda suelta de ese modo a sus deseos, ¿cómo yo en pleno siglo XXI voy a estar con tantos remilgos?’”. Buscó sus ojos, que la miraban interrogantes y le hizo un gesto de asentimiento. A pesar del alarde de valor, otra vez estaba temblando, y ya no sabía muy bien si era de miedo o de excitación.

Lo vio guardar el libro y ponerse de pie. Al pasar, le rozó a propósito con sus rodillas y ese leve contacto piel con piel le erizó hasta el último cabello. Se quedó inmovilizada, mientras él caminaba hacia la salida del medio y se bajaba. (Hasta aquí llegaba el cuento en la versión incompleta, los finales eran propuestos a partir de este punto)

Se sobrepuso a última hora y bajó corriendo por la puerta de adelante. Ya estaba en la acera y lo veía alejarse. Siguiendo sus indicaciones, fue tras él a cierta distancia. “Ahí fue que las dudas empezaron a atormentarme. ‘¿Qué estás haciendo, loca de remate? ¿Vas a acostarte con un tipo del que ni el nombre sabes?’”. Se detuvo, titubeante, pero entonces su vista se posó en sus nalgas, que se movían rítmicamente bajo el short, y unos fuertes corrientazos en el sexo la impulsaron hacia adelante. Siguió andando. Tenía los muslos tan mojados, que se le pegoteaban, dificultándole caminar. 

Al fin lo vio desaparecer por el costado de una casa. Al llegar al sitio, se detuvo, y miró hacia adentro. Había un largo pasillo, con puertas a cada tramo, y él estaba parado ante la última. Al verla, hizo un leve gesto y entró, dejando la puerta entornada. Mónica acopió los restos de valor que le quedaban, caminó hasta allí, la empujó decididamente y entró. Una pequeña habitación hacía las veces de sala, comedor y cocina; sobre la mesa estaba la mochila azul, pero a él no lo veía por ningún lado. 

Dio unos pasos, sintió la puerta cerrarse a su espalda, y se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole a millón. Fue sintiendo su presencia, cada vez más cerca de su cuerpo. Sus brazos la rodearon y sintió la fuerza de su erección contra sus nalgas, mientras su lengua húmeda empezaba a recorrerle el cuello, lo que junto al roce áspero, aunque leve, de la barba, le iba poniendo toda la piel de gallina. Su mano le alzó la falda y metiéndose entre sus muslos, palpó la humedad entre ellos. Ahora también le mordía y chupaba el cuello, la barba ya la raspaba, inclemente, y su cálida respiración junto a su oído se hacía cada vez más rápida. Su sexo (“¡Ay, amiga, aquello nada más al tacto ya se sentía impresionante!”) casi le perforaba el short, buscando abrirse paso entre sus piernas, mientras la otra mano le sacaba un seno por encima del escote, y apretaba el pezón entre los dedos. 

Entonces, de un tirón, la puso de frente, la apoyó contra la pared más cercana y se pegó a su cuerpo. Su potente erección impactó contra la pelvis, de Mónica, mientras su lengua se metía en mi boca. Una mano, otra vez bajo la falda, le arrancó la pantaleta, y unos dedos se perdieron entre sus ya anegados surcos, mientras con la otra iba despojándose del short. Le aferró con ambas manos las nalgas, y elevándose por el aire, la hizo aterrizar justo encima de esa punta de carne maciza, que le atravesó de golpe las entrañas, haciéndome ver luces de colores en toda la habitación, como si de un inmenso árbol de Navidad se tratara. “Ahí entendí a la chica de aquella película brasilera, Yo sé que te voy a amar, ¿tú la viste? La pusieron en la Cinemateca. Ella le dice a su esposo: ‘La primera vez que entraste en mí, yo pensé: es Navidad”. Mónica nunca había olvidado aquel parlamento, pero hasta ese momento no lo comprendió totalmente. Se sentía en las nubes. 

Sin embargo, a pesar de todo lo que había fantaseado que le haría, él no le dejaba mucho margen de maniobra. La tenía prácticamente inmovilizada. Alcanzó a deslizarle la lengua por el cuello apenas el par de veces en que sus rápidos movimientos de empuje me lo permitieron, y metió las manos por debajo de la camiseta, palpando su espalda sudorosa y tratando de alcanzar infructuosamente aquellas nalgas, que sus piernas mantenían fuertemente atenazadas. Ya una violenta ola de placer le subía por el espinazo, mientras él arreciaba sus movimientos, hundiéndose más y más en su interior. 

Al fin lo oyó proferir un sordo, pero desgarrado gemido, que se perdió entre los chillidos que ya se escapaban, incontenibles, de su boca, y que él de inmediato buscó ahogar, en un último y sediento beso, que le absorbió toda la saliva y casi le roba el poco aliento que le quedaba. Se dejaron caer lentamente hasta el piso, donde el cuerpo robusto de él amortiguó su caída, y terminó sirviendo de colchón al de Mónica, aún conmovido y tembloroso. “Sí, ya sé que hasta ahora todo parece estar bien, pero déjame que termine y lo vas a entender todo”. 

En ese momento, Mónica estaba en el cielo. Sólo quería quedarse por siempre dentro de aquellos brazos. Sus manos ahora acariciaban tiernamente todo su contorno, mientras su respiración se calmaba poco a poco junto a su oído. El movimiento se fue lentificando más y más, hasta cesar por completo y su respiración se hizo acompasada. 

Se había dormido, así que Mónica aprovechó para incorporarse y buscar el baño. No había más que una puerta en la sala y la abrió. Había un dormitorio sencillo con sólo una cama personal, una mesa de noche y un pequeño armario. Todo escrupulosamente limpio y ordenado. En una tabla adosada a la pared había algunos libros. Decidió que los revisaría al salir del baño.

Mientras orinaba, vio sobre la cesta de ropa sucia algunas revistas. Tomó una y… (“¿adivina qué? ¡Unas enormes tetas, de ésas bien rellenas de silicona, casi desbordaban la portada!”). Las restantes eran por el estilo, sólo cambiaba la parte del cuerpo en exposición. Sintió una familiar sensación en la boca del estómago. Algo no estaba encajando bien allí. Ella se había hecho de la vista gorda con la hoja arrancada del libro, pero esto ya era demasiado. 

Se aseó de prisa y casi corrió hasta los libros. Allí terminó de espantarse: uno de pasatiempos, un Diccionario Técnico de Biomecánica, y un grueso volumen titulado Principios de defensa personal, junto con (“¡varios ejemplares de la Gaceta Hípica! ¡Qué horror!”) Todavía con un ápice de fe, abrió la mochila que estaba sobre la cama y sacó el libro funesto. Funcionamiento de los músculos del cuerpo humano, leyó. 

Se quedó clavada en el sitio, sintiéndose terriblemente burlada, estafada, violada, mientras el libro se iba deslizando de sus manos, hasta caer al suelo.  “No te rías de mí, que ya bastante me he flagelado a mí misma. Lo que más rabia me daba era darme cuenta de que por querer cogérmelo de todas maneras, me había agarrado de cualquier cosa”. Ni siquiera le había pasado por la mente fijarse en qué libro era el que tenía en las manos. 

 Se quedó unos instantes allí, revolcándose en su decepción, cuando sintió un ruido en la sala. Salió de la habitación y el joven se había despertado y le sonreía, malicioso, anticipando una nueva travesura. Pero Mónica ya estaba muy lejos de allí, o al menos eso era lo que deseaba con todas sus fuerzas. Se puso la falda como pudo, tomó su bolso y salió casi a la carrera, ignorando los insistentes gritos de él, que en vano intentaban detenerla. Las lágrimas corrían por su cara y por sus muslos fluían los últimos restos de semen (“¡no había recuperado mi pantaleta!”), provocándole una sensación pegajosa y desagradable, que casi la hace vomitar. 

Se odiaba a sí misma en ese momento. “Tonta más que tonta, idiota, estúpida… Bien empleado me lo tenía todo, por estar invocando señales del cielo”. Sí, y hasta podía admitir que muchas las había forzado para ver en ellas justo lo que quería, pero algo aún no le quedaba claro, ¿y la novela? Parecía guiarla con tanta exactitud. ¿También la habría malinterpretado? 

Se sentía tan desgraciada, que llegó a la parada junto con el autobús, y ya ni se acordó de dar gracias a Dios por su suerte. Lo abordó, se sentó, sacó su libro y buscó ansiosamente el final del dichoso pasaje que inspirara todo aquello.  

El coche se detiene bruscamente. Virginia abre los ojos de golpe y mira desorientada a las personas a su alrededor. Ve al joven en la puerta, que tan apocado como siempre, se dispone a bajarse. Poco a poco, va comprendiendo lo sucedido. “Lo soñé todo, ¿cómo es posible? Fue tan vívido, tan intenso, y tan hermoso... Pero es mejor que haya sido así. Sin dudas, él no es más que un rústico y ordinario campesino, indigno de que yo pose siquiera mis ojos en él. ¿Dónde tendré la cabeza?”. 

Cerró el libro de golpe. Se quería morir. Toda aquella osadía que tanto la inspirara, no era más que la ingenua fantasía de una jovencita reprimida, que sólo en sueños se atrevió a salirse de su aristocrática coraza. “Y yo tan imbécil, me lancé de cabeza en esa historia, sin medir las consecuencias. Si tan sólo hubiera seguido leyendo un poco más...”. 

Miró el libro, que aún estaba en sus manos. Le provocaba hacerlo pedazos, y arrojarlos uno a uno por la ventanilla… “Pero claro, adivinaste, no lo hice. Yo nunca sería capaz”. Volvió a guardarlo, mientras pensaba que tal vez un día, cuando toda aquella pesadilla quedara olvidada, podría leerlo sin sentirse miserable. 



¿Te ha gustado este relato? Lee la continuación aquí
 
En los comentarios abajo han quedado los finales que propusieron los lectores para el concurso, también pueden leerlos, y si se les ocurre algún otro, proponerlo también. O agregar algún comentario cóntándome si les ha gustado y lo que opinan de este personaje, que será también protagonista de próximas entradas.

 

20 comentarios:

  1. Lo que sigue es lo obveo. Se baja, lo sigue y todo se lleva a cabo en el pasillo...bien loco!
    Y despues...si te he visto no me acuerdo!
    Me gustó el relato, no te conocía. Congrats!

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  2. Gracias, Silvia, buen intento, aunque no sé si me estás halagando realmente, cuando crees que el final será tan obvio así.
    ¿Qué tal un poco más de imaginación?
    A ver, ¿alguien más se atreve?

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  3. Ella le sigue. El vive en un edificio de ésos antiguos sin ascensor. El llega al portal, la mira le eleva la mano diciéndole q es el 5º piso. A ella le da tiempo a volver a hojear la novela. Virginia y su enamorado han tenido un accidente en el carruaje y aprovechan q el cocheron arregla la rueda para explorar sus cuerpos en el bosque. Eso decide a Mónica y cuando llega a la puerta de "su muchacho" se encuentra con que él la espara ya con una copa de vino blanco afrutado bien frío y una sonrisa en los labios x unica vestimenta. Ella le besa. El cierra la puerta. Ella se apoya contra ella y el empieza recorriendo su pecho, que ha sacado con premura de la blusa, con sus manos y luego sus labios. Subiéndole la falda por el muslo, la levanta contra la puerta donde ella más que dispuesta desciende sobre él.El orgasmo se construye dentro de Mónica poco a poco. El es increíblemente fuerte gracias a todos esos músculos de gimnasio. Una mano de él, en cuentra su clítoris y Mónica murmura incoherentemente. Más, más ,más piensa y le besa arrebatada. Grita, llega al orgasmo, y a los dos minutos de bombeo fuerte y continuo llega él.
    Dándole un beso lánguido se arregla y se va.
    Dos días más tarde se vuelven a encontrar en el bus. Ella sonríe, el sonríe y por primera vez se escuchan decirse: hola, me llamo Mónica, hola me llamo Rafa.

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  4. Mónica siguió las instrucciones de la hoja de papel. Comenzó a caminar tras aquel hombre a una distancia prudencial, mientras la humedad de sus muslos la hacían imaginar todo tipo de caricias en la intimidad de su cama. Lo deseaba de distintas maneras, quería hacerle el amor pero por otro lado, con el sudor y la ropa deportiva de por medio, quería tener sexo desenfrenado y salvaje entre dos extraños que se encontraron en un día ocasional.

    Sin perderlo de vista, quiso leer nuevamente la novela para tomar fuerzas y no dejarse llevar tan apresuradamente por sus hormonas. "El cochero dejó a Virginia y al hombre cerca de una taberna. Ambos, luego de haber sentido la excitación de sus senos corrieron a un callejón cercano donde se desnudaron a medias y él la penetró primero con suavidad y luego..."

    Mónica sintió una mano sobre su hombro. Era él que se había devuelto al no verla entrar en su edificio, ¡Hola, me quedé esperándote!. Sin pensarlo, ella se levantó para besarlo con ganas, con malicia, recorriendo con su lengua sus labios y probando su sudor. El chico la abrazó por la cintura, como un luchador musculoso la levantó para susurrarle al oído: ¡Quiero probar tus senos!. Sin mirar atrás, se tomaron de la mano dirigiéndose a una calle ciega vacía y allí, en la pared de una cancha deportiva, dieron rienda suelta a sus deseos.

    Mónica tomó sus senos y los sacó de su blusa. Eran voluptuosos, marcados por unas grandes areolas color marrón que palpitaban deseosas por sentir el recorrido de una lengua. Tomó el izquierdo y lo colocó cerca de la boca de ese extraño, que comenzó a lamer, a morder y a jugar con él como si fuera un niño. Ese jugueteo de su boca, hizo que quisiera tener su miembro para devolverle las caricias. Lo besó, le mordió los pectorales y el abdomen, esos "cuadritos" que se le marcaban por la franelilla. Le bajó un poco el short y tomó aquel pene entre sus labios, quería sentirlo adentro.

    El chico bombeaba como si estuviera penetrándola, la tomaba por el cabello mientras veía como los senos bailaban al compás de sus cuerpos. Unos cinco minutos después, Mónica sintió una lluvia de fluidos en su garganta, los sorbió mientras entre sus piernas, un orgasmo y una humedad poco usual explotaba.

    Se levantó, esperando que eso no fuera todo, que no la hubieran usado para una corrida ocasional en una cancha deportiva. ¡Ahora sí, ¿puedes seguirme a mi apartamento?!, le dijo el chico aún con su pene brillante por la saliva de Mónica. Ambos se levantaron, se acomodaron la ropa y caminaron como una pareja, sin que nadie hubiera sospechado que eran dos desconocidos que estaban unidos por las ganas y el sexo, enviado como una señal del cielo.

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  5. Inmendiatamente recuerda lo atrevida que fue la chica del libro en aquella época y encontró valor para torpemente pararse mientras guardaba su libro y dirigirse a la salida del metrobús, se baja y con el corazón casi saliendose de su pecho lo busca con la mirada y lo ve caminando lentamente fingiendo distracción con su celular, la mira de reojo mientras se humedece su labio inferior y hace un gesto casi imperceptible de asentimiento, para luego dejar de mirarla y seguir su camino a un paso natural -que tipo tan hermoso, necesito tenerlo- piensa ella y se dispone a seguirlo a lo que ella cree es la misma velocidad a que él camina y así mantener una distancia discreta, de repente sale de sus pensamientos cuando nota que él gira a un costado para entrar a un edificio - Oh Dios de verdad está sucediendo - se dice en sus pensamientos y procede a entrar en ese pasillo, nota que el mismo no es muy largo y que hay una cola de 3 personas esperando el asensor, él es el último y está recostando su espalda a la pared contraria al asensor ella se acerca y olvidandose de todo lo demás le detalla músculo a músculo y cuando le ve su rostro lo sorprende detanllándola también, se miran a los ojos y el deseo es demasiado quiere saltarle encima y lamerle cada parte de su cuerpo, se siente temblar -voy a cometer una locura- es su pensamiento, la excitación es tanta -lo tengo tan cerca, quiero tocar sus brazos que grandes son- nota que la respiración de él está acelerada y se fija que la suya también, sin darse cuenta estan muy cerca el uno del otro, tan cerca que ella siente el calor que él emana, está empezando a rozar el brazo derecho de él con su erecto pezon izquierdo, él mira al techo y se lame los labios mienras respira profundamente -que excitante es este hombre, quiero morder esos divinos labios- piensa, mientras nota que el buto en sus shorts está aumentando RING!!!!!!!! se separo un poco sobresaltada de él con actitud de "aquí no a pasado nada" y él trata con su bolso tapar su visible erección -oh Dios quien fuera bolso- el asensor venía ya con varios pasajeros desde el nivel inferior -imagino es el estacionamiento- solo caben dos personas más y al avanzar la fila ellos son los únicos que quedan para esperar nuevamente el asensor, el mismo cierra sus puertas e inmediatamente él la toma por la espalda y la atrae hacia él y mientras presiona su miembro al cuerpo de ella la besa -Dios es mejor de lo que imaginé-

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  6. ella comienza a acariciar el húmedo cuerpo de él mientras tienen este esperado y apasionado beso -que molesta es su franela- él también la explora con sus manos -¡que manos!- ella quiere tocar su abdomen y procede a introducir las dos manos por debajo de la franela de él, inevitablemente y sin sentir nada de culpa roza su erecto miembro por encima de sus shorts, gesto que él responde cerrando los ojos y respirando profundamente mientras ella acaricia lentamente su firme abdomen un ruido los vuelve a sobresaltar y se separan rapidamente, es una señora con una maleta entrando al pasillo y aun no se ha percatado de la presencia de ellos, oportunidad que aprovecha él y halandola por un brazo abre una puerta y entran en las solitarias escaleras del edificio suben al descanzo de la escalera y esta repentina intimidad le da valor a ella de abrazarlo y volver a tocar todo su cuerpo aun con más propiedad que antes ya es inevitable quieretenerlo dentro de ella acaricia su erecto pene y poco a poco le va bajando sus shorts y su ropa interior -que rico debe ser tenerlo dentro- empieza a masturbarlo y con su mano libre recorre sus gluteos -wow que firmes son- él cierra los ojos y dirige su cara hacia arriba en menos de lo esperado él eyacula y adiós magia, ella tuvo cuidado de no mancharse y un poco desepcionada se aparta él se acomoda como puede y por fin le habla -Vivo aquí pero no vivo solo...- no dejó que termnara de hablar y comenzó a bajar las escaleras para irse -¡ey! no te vayas, por lo menos dame tu número- fue lo último que escuchó cuando cerró la puerta de las escaleras y salió del edificio con una actitud muy natural como si lo que acabara de hacer fuera apenas saludar a una vecina.

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  7. Gracias a Miguel, Gustavo y Betty por dedicar un poco de su preciado tiempo a seguirle el juego a mis locuras. Han tenido que ponerle ganas, no es algo que se hace en dos minutos, y por eso voy a prorrogar unos días más el concurso para que otros más se animen. Sigan pendientes de mis anuncios! Saludos!!!

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  8. segundos después de que el muchacho se bajara del bus, Mónica paga al chofer y se baja detrás de él, empieza a mirar los alrededores y lo ve entrando en el edificio que antes le había dicho en el pequeño trozo de papel, sigue observando más tiempo buscando alguien, como si hubiera una persona que sospechara lo que se disponía a hacer, luego de unos segundos recuerda la escena que estuvo leyendo del libro, y se llena de valor de nuevo para entrar en aquel edificio y entregarse a vivir un momento de placer.
    Al entrar no puede evitar darse cuenta de lo solitario del pasillo y mientras camina a lo largo de aquel corredor sin final de nuevo empieza a llenarse su mente de miedo, hasta que de repente allí está él, tal como lo había dicho, esperando al final el pasillo, en ese inatante nota como sus ojos aún siguen su pecho, pero esta vez su mirada es más intensa y llena de deseo, ella también observaba sus brazos y el bulto que se le había formado en su short,"estaba más excitada que nunca".
    Ya no quedaba tiempo para dudar, con las manos temblorosas pero más determinada que nunca, empieza a rozar sus manos por debajo de la camiseta del muchacho, palpando con detalle sus abdominales y su pecho, "no te imaginas que firme se sentía ese pecho", mientras él coloca sus manos en sus glúteos y la pega contra su cuerpo, en ese momento ambos se llenaron de un deseo incontenible, sin aguantar más Mónica se baja el escote y descubre sus senos, él no los deja de mirar mientras mete sus manos debajo de su falda y le baja sus bragas, ella agarra los glúteos del muchacho con salvajidad y desliza sus manos por su cintura hasta que toca su miembro erecto, "ya no podía contenerme, lo estaba disfrutando demasiado", de repente con salvajidad ella baja su short y empieza a masturbarlo, él también llevado por la pasión del momento empieza a lamer sus senos con deseos por el borde de sus pezones, hasta que se los lleva completamente a su boca, luego el muchacho levanta su falda y la penetra, "cuando sentí su pene todo mi cuerpo tembló de placer", el acto continuó mientras ella suspiraba de excitación y lamía su cuello y sus labios, él tocaba sus nalgas cuando ella empezó a gritar con un poco más de fuerza, "en ese momento ví todo lleno de estrellas".
    Ya habían terminado todo, cuando arreglándose la ropa se acuerdan de que están en el pasillo de un edificio, observan a un lado y hay una mujer con los ojos fijos en ambos y con una cara de sorpresa que no la dejaba decir nada, "en ese momento me sentía tan bien, no me importaba para nada que esa mujer nos hubiera visto", él se sorprendió y corrió hacia las escaleras a esconderse, Mónica se terminó de arreglar y salió del edificio como si nada hubiera sucedido, pero para ella fué un momento inolvidable lleno de placer y locura y contárselo a su amiga la hizo sentirse liberada al fin del sentimiento de culpa que sentía, "fué una experiencia tan excitante, fué como vivir una de esas fantasías que solo suceden en los libros........no te rías, jajajajaja"

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    1. me gusto mejor esta jajajajaj

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  9. Gracias Carlos, me gustó cómo imitaste incluso los comentarios entre comillas. Pero hay un detalle en el que nadie ha reparado aún...

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    1. que tonto, Mónica pagó al subir y el muchacho nunca habló de un edificio en el papel, espero que sea solo eso.

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  10. Tranquilo no me refería a ese tipo de detalles. Es algo que nadie ha tomado en cuenta y que podría modificar el final. Pero está bien tu versión. Igual no es competitivo, a todos los participantes los incluire en el sorteo que es al azar

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  11. ‘Me bajo en la próxima parada’, ‘sígueme a distancia, y entra detrás de mí. Te espero al final del pasillo’, se bajo con este pensamiento en su mente y haciendo analogías de lo que podía suceder de acuerdo a lo leído en su libro. El se baja y Mónica lo sigue ya en la acera él le dice- Me gusta tu color de cabello acompáñame que se lo quiero enseñar a unas amigas de la peluquería en la que trabajo y a Mónica le entro un ataque de risas que no pudo reprimir por mas que quiso, le acompaño y se hicieron grandes amigas

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  12. ‘Me bajo en la próxima parada’, ‘sígueme a distancia, y entra detrás de mí. Te espero al final del pasillo’, se bajo con este pensamiento en su mente y haciendo analogías de lo que podía suceder de acuerdo a lo leído en su libro. El se baja y Mónica lo sigue ya en la acera él le dice
    - ¿Quieres tomarte algo, un jugo o un refresco?, me llamo David.
    Si claro – dije, mientras por dentro pensaba: “¿Qué coño estoy haciendo?
    Su invitación me confundió, pero con ese hombre me sentía como en las nubes y le hice caso sin decir nada. Su casa estaba cerca y fuimos agarrados de las manos, al llegar al final del pasillo, comenzó a besarme el cuello, los hombros, la espalda… mi piel y todo mi cuerpo sentía una excitación indescriptible, me quito la ropa interior.
    - ¿Aquí? ¿Podemos?
    - No– me respondió.
    Estaba ya muy excitada cuando él me agarro por la cintura y Luego entro en mí con suavidad, poco a poco hasta el fondo. Entonces comenzó a moverse rápido a un ritmo muy acelerado. Mientras, sus manos continuaban tocando todo mi cuerpo y lo hacía de tal manera, acariciando mis senos. Notaba su miembro erecto y no pude evitar decirle:- Así, así, no te pares, disfrútame, gózame, dame, dame más. Alcancé al placer supremo como nunca lo había hecho, en la violencia de la delicia y en su sensación.

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  13. Ja, ja Leonardo, esa primera opción no se me había ocurrido. Pero definitivamente es difícil resistirse al polvo rápido en el pasillo! Gracias por participar

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  14. suena el timbre para anunciar su parada , Mónica lo mira y a distancia también se dispone a bajar de autobus y seguir las instrucciones camina justo detrás de el hasta el pasillo que le indico y entra segura de lo que va a pasar solo lo sabrán ellos dos, al llegar al final el la mira con deseo y Mónica tiembla de emoción y se acercan silenciosamente, el la estrecha entre sus brazos y le da un apasionado beso y se funden sus cuerpos, Monica siente como las manos del chico la envuelven y ella arde en deseo y entran en una puerta que da a una habitación cálida y llena de pasión continua con su viaje al placer, el la toma de tal forma que la hace deslizarse en un bello sillón confortable y ahí explotan al placer hasta sentir la cálida caricia de sus besos recorriendo su cuerpo y ella lo acaricia por debajo de su camiseta aun mojada por el sudor y se estremece al contacto con su piel y desliza sus manos por todo su cuerpo y se da cuenta de que es un chico con un cuerpo escultural, se excitan los dos en un mar de caricias el la cubre con sus besos desde el cuello hasta llegar a la cintura y dejándose atrapar por el deseo de tenerla, ella siete como su cuerpo se tensa y estallan de placer y se dejan llevar por la atracción....

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  15. me encantan los dos pero esta vez me inclinare por BISEXUAL...

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  16. Lo seguí a una distancia prudencial, y vi que entraba por el costado de un edificio de aspecto no muy refinado, pero, en fin, que se le iba a hacer…ya estaba súper excitada y no podía detenerme… Allí, al final del pasillo vi como abría una puerta y entraba, dejándola entreabierta ¿Sería su casa? ¿Por qué me dijo que lo siguiera a distancia? Llegué hasta la puerta y la abrí…no había nadie en la sala…ya me sentía preocupada ¿Dónde estaría? ¿Sería una encerrona? Seguí por el pasillo hasta una puerta que dejaba ver un cuarto iluminado, allí estaba él, todo sudoroso, esperándome y sus ojos me comían con la mirada, se había quitado la camiseta y su pecho lucía más atractivo aún… seguí para abajo y noté un abultamiento casi exagerado. Sentí que mi excitación iba creciendo y cuando llegué hasta él me tomó en sus brazos con fuerza, me separó un poco y comenzó a sacarme violentamente la ropa, hasta dejarme desnuda y allí, en esa habitación extraña para mí, pude sentir algo que iba mucho más allá de lo que presentía…fabuloso…

    Pero, una vez terminado el sexo que hicimos de pie él, y yo sentada sobre la cómoda…dio media vuelta, se vistió y me dijo, vístete que tenemos que salir de aquí, mi pareja está por llegar…y olvida todo esto. Pensé que me volvería loca al oír eso, tanto y tan vivamente había sentido con él que casi dolía el recuerdo…

    Entonces una figura apareció en el dintel de la puerta…un muchacho con su misma apariencia, pero rubio, de ojos azules que nos miraba desconcertado. Quedé estupefacta al verlo, yo aun no me había vestido, y pensé que sería su cuñado o hermano. Cuanto no sería mi asombro al verlo transfigurado y dando un chillido le fue para encima a mi galán – todavía no sé su nombre.

    Me vestí a toda prisa y salí corriendo por aquel pasillo, sin saber que pensar de todo aquello. Cuando llegué a mi casa y recapacité sobre todo lo ocurrido saqué en conclusión ¡que era su pareja! Había excitado a un gay, me dije, y esto me excitó aun más, pues fue una experiencia nueva…lástima de final…aunque, sabía la dirección…

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  17. carlos giuffrida7 de julio de 2013, 3:16

    que mal, yo queria ganar, y nunca supe cual era el detalle que habría cambiado mi final, al menos sabré como es el final de Vivian. Por favor Vivian no me dejes con la duda.

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  18. Interesante página,para una aficionada como yo,me encanta la poesia erotica la guardere para leerla con atención y dedicación

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