martes, 27 de agosto de 2013

Relato erótico EL PIBE: "Así vocé me mata"


 El Pibe 

“Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”. Todo el tiempo repetía la misma coletilla, que luego supimos era su versión muy particular del último hit de un cantante de moda brasileño, que él escuchaba todo el tiempo por el celular. La melodía era realmente pegajosa y todos en el hotel terminaron repitiéndola también, a fuerza de escuchársela.

El chico tendría unos veinticinco años, y aunque viajaba solo, siempre se lo veía acompañado, pues no desaprovechaba la oportunidad de establecer un diálogo con cualquiera que hablara su idioma y mostrara el más mínimo interés por él, aunque solo fuera un saludo de cortesía, o un comentario al pasar. Con su escaso vocabulario y una sintaxis verbal bastante limitada (que de primer impacto le hacía parecer un angloparlante que no dominaba bien el español), les contaba a quienes se quedaran a escucharlo que era argentino y trabajaba como obrero en la industria automotriz de su país. Había ahorrado todo el año, haciendo muchas horas extraordinarias, para poder pagarse al fin aquel soñado viaje a Cuba. Y para reafirmar su admiración por el  Ché Guevara y de paso hacer bien evidente para todos su cortedad de luces, se dejó aconsejar por un grupo de cubanos que trabajaba en la playa (siempre a la caza de turistas incautos) y terminó pagando porque le estamparan en la espalda un inmenso tatuaje con el rostro de ese personaje sobre el fondo de una ondulante bandera cubana.

Pronto se convirtió en un personaje pintoresco de aquel hotel de Varadero, en el que un heterogéneo y multinacional grupo de turistas había convergido en aquellos días tempranos de enero, para ser sorprendidos por el primer frente frío de la temporada invernal cubana, con una temperatura entre los 15 y 20 grados y constantes ráfagas de un viento del norte helado y cortante, que obligaba a los pocos que se atrevían a acercarse al mar a protegerse con gruesos abrigos. Ya todos se referían a él como “El Pibe” y la mayoría lo toleraba por un rato y luego buscaba el modo de librarse de él. Algunos lo admitían en sus grupos y se divertían haciéndolo blanco de inocentes burlas (qué era evidente que no lograba captar) y solo unos pocos lo detestaban francamente.

Entre estos últimos se encontraban un par de chicas mexicanas a las que él se dedicó con más vehemencia que al resto. Al principio coincidieron en varias actividades, como las prácticas de buceo, un viaje en yate y una visita dirigida a una emblemática cueva de la zona. Luego él insistía en unírseles todo el tiempo, ya fuera para las comidas, para los eventuales tragos en el bar del lobby o en la terraza (muy frecuentados, ante la imposibilidad de bañarse en el mar) o para presenciar los espectáculos nocturnos que se ofrecían en las instalaciones el hotel. Ellas intentaban escabullirse, pero él siempre las encontraba y como su simplicidad le impedía notar su displicencia, no había manera de zafárselo. Terminaron por aceptarlo como un mal inevitable, tal vez como algo más en aquel paquete de “Todo incluido” que habían pagado.

El Pibe llegó a confesarles a quienes lo escucharon el tiempo suficiente, que estaba “encamotado” de la más flaca de las dos “minas” (que era de contextura normal, mientras la otra era más bien gordita), llamada Martha y le estaba “echando los galgos”. Si lo dejaban hablar un poco más, contaba que estaba a punto de “levantarla”, pero que ella aún dudaba, pues tenía un novio en México que no dejaba de llamarla a todas horas por el celular.

Sentado en la piscina del hotel, observaba a la chica despojarse de sus abrigos y tenderse en una tumbona para intentar broncearse un poco bajo los escasos rayos de un tímido sol que emergía a ratos, para a los pocos minutos volver a ocultarse tras las nubes. Ella le sonreía de lejos y él imaginaba que lo estaba incitando a admirar su bien formada figura, embutida en un minúsculo bikini azul. “Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”,  tarareaba en voz baja mientras abombaba las piernas de su short playero con el pretexto de tomar sol en los muslos, pero con la finalidad real de ocultar la potente erección que le había provocado el solo imaginar su cara hundida entre aquel par de senos turgentes que el sostén del traje de baño a duras penas lograba contener.

Fantaseaba con que ella los dejaba libres del sostén y él los recorría con labios y lengua, atrapando con sus dientes los erguidos pezones oscuros, mientras sus manos bajaban por su espalda y acariciaban las nalgas expuestas por el minúsculo hilo dental. Cuando abría los ojos y buscaba su rostro, veía que ella estaba sonriendo (tal vez por algo que la amiga le decía), pero en su mente aquella sonrisa significaba que aprobaba y hasta compartía sus fantasías.

Una noche, al terminar las actividades nocturnas del hotel, un grupo de huéspedes quiso seguir la rumba en una conocida discoteca del lugar. Al ver que las mexicanas se sumaban, El Pibe también se anotó, y cuando, ya en el lugar, Martha le dejó invitarla a unos tragos (también tuvo que invitar a la amiga, pero eso no le importó) y hasta bailó con él un par de piezas de salsa cubana, ya no tuvo dudas de que era plenamente correspondido. Verla moverse tan cerca de él siguiendo el contagioso ritmo caribeño y poder incluso tocarla y hasta pegarse a ella cuando las evoluciones del baile lo permitían, lo hizo sentirse el hombre más afortunado del mundo. “Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”, repetía mentalmente, aunque la música que sonaba era muy diferente.

Al salir del local, la gordita estaba bastante mareada para caminar y él de inmediato se ofreció a brindarles el taxi hasta el hotel. Cuando llegaron, la chica apenas se sostenía en las piernas, lo que le dio la oportunidad de ayudar a Martha a llevarla hasta la habitación que ambas compartían y tenderla en la cama. Como ella luego volvió a sonreírle a modo de agradecimiento y se dirigió al baño sin despedirse, El Pibe asumió que lo estaba invitando a quedarse y hasta se tendió en la otra cama para esperarla. Mientras escuchaba el sonido de la ducha, imaginó que ella salía del baño envuelta en una toalla, con la piel aún sonrosada por el agua caliente y pequeñas gotas mezclándose con los dorados vellos de su piel. Al verlo en la cama se acercaba y despojándose de la toalla de un tirón, se colocaba a horcajadas sobre él y con los mismos ondulantes movimientos con que había bailado la salsa casino, iba dejando que su miembro erecto la penetrara, mientras las manos de él aferraban los desnudos y aún tibios senos.

-¿Pero qué carajos haces? –casi gritó la muchacha al salir del baño y verlo allí echado, con el pantalón por los muslos, el interior también abajo y con los ojos cerrados, masajeándose el rígido miembro-. ¡Fuera de aquí! ¡Vete a chingar a tu madre! –agregó, señalándole la puerta.

De cualquier manera El Pibe se puso de pie, logró subirse el pantalón y salió al pasillo, seguido por los insultos de la chica.
-¡Guarro, chaquetero! -todavía la escuchó gritar mientras se alejaba.
“Qué tarado”, se lamentó para sus adentros. “La piba pensaría que me la estaba haciendo solo, sin esperarla. Bueno, a ver si mañana se le olvida y me da otro chance”, se consoló.

Y cuando abrió la puerta de la habitación que ocupaba en solitario, ya repetía de nuevo aquel estribillo pegajoso. “Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”.



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domingo, 21 de julio de 2013

CARACAS ERÓTICA. 2da Entrega: CHICAS EN LA CIUDAD




Como me gustó tanto el relato Señales del cielo y le tomé cierto afecto a su protagonista, he decidido que forme parte de una serie, de la cual la entrega de hoy es una especie de presentación de los personajes que a partir de ahora se repetirán tomando parte en diferentes situaciones, todas, obviamente, de tipo sexual. 

Llamaré a la serie: Caracas erótica, pues esta ciudad será su escenario. Para no perder la costumbre, seguiré solicitando la colaboración de los lectores. Al final tendrán su manera de participar, si gustan. 

Quienes no hayan leído el primer cuento, les aconsejo entrar aquí y hacerlo antes de seguir, o no entenderán nada de lo que hablaré a continuación. Luego pueden volver acá y continuar leyendo. 




Después de haber leído su aventura en el relato Señales del cielo, es de suponer que los lectores se hayan formado cierta opinión sobre Mónica. Dado su desenvolvimiento en esa historia, seguramente estarán pensando que es una chica bastante superficial y hasta un poco cabeza loca. No los culpo, de hecho su comportamiento deja bastante que desear. Sin embargo, debo decir en su defensa que este tipo de lances no son algo común en su vida, que resulta usualmente bastante convencional y monótona.

Sí, no se sorprendan. Aunque pudiera parecerlo, Mónica no es ninguna ninfómana ni anda todo el tiempo a la caza de aventuras sexuales eventuales. Es cierto que busca a alguien, pero a alguien especial, un gran amor. Y de hecho, si reflexionan mejor en lo leído, hasta me darán la razón. Porque se percatarán de que ella necesitó escudarse en la novela y que ésta le diera la pauta a seguir, ya que de lo contrario y a pesar de que el joven la atrajera, probablemente no se habría atrevido a llegar tan lejos.

Por otro lado, el hecho de que inicialmente lo rechazara y que luego, el verlo sacar un libro, la hiciera cambiar de opinión tan drásticamente, puede hacer pensar que se trata de alguien bastante esnob y pseudointelectual, pero en esto también estarían siendo demasiado duros con Mónica. Sencillamente, ella trata de encontrar a alguien que se corresponda con sus intereses, con quien pueda hablar y con quien tenga gustos en común. Quizás sí fue un poco superficial al juzgarlo por su apariencia, y luego es evidente que se fue al otro extremo. En fin, debo admitir que Mónica no es lo que se dice muy perceptiva, pero tampoco por eso tenemos que crucificarla.

Respecto a su reacción al final del episodio, ahí sí les doy en parte la razón. Ella no debió ser tan impulsiva, en definitiva no la había pasado nada mal con el muchacho. ¿Qué más daba si no era un intelectual? En definitiva, ¿quién necesita alguien que se haya leído media Biblioteca Nacional para disfrutar de una buena aventura sexual? Aquí ya vamos profundizando en la personalidad de Mónica, y vemos que en el fondo es una chica bastante convencional, que jamás hubiera intentado esa aventura de haber supuesto que sería sólo por sexo. Ella necesitaba imaginar que la cosa iría más allá y que las aficiones comunes contribuirían a ello. Admito que fue bastante ingenuo de su parte, pero Mónica es aún muy joven y la vida no le ha dado demasiadas oportunidades de explorar el complejo mundo de las relaciones románticas. 

Ahora, algunos datos más sobre el personaje. Mónica tiene veinte años, es natural de San Cristóbal (aquí los lectores venezolanos esbozarán una sonrisa) y se encuentra en Caracas estudiando Letras en la Universidad Central desde hace exactamente un año y cinco meses. Comparte el apartamento con una amiga, de su misma región y para completar, estudiante de Psicología. Con estos antecedentes, ustedes coincidirán conmigo en que no podemos exigir demasiado de ella.

Ya sé lo que me van a preguntar. ¿Y a que viene esa afición por el esoterismo? Ok, coincido en que eso no casa demasiado con el patrón que hemos dibujado, pero toda regla tiene su excepción y de éstas es que suele nutrirse la Literatura. Es cierto que Mónica es fan de los horóscopos, y que nunca se pierde  el programa de Carlos Fraga en Televen. También es verdad que en secreto, adora “El Alquimista”, de Paulo Coello. No la culpo por ocultarlo, porque ya se ha ganado entre sus compañeros de clase el apodo de “La comeflor”, y no tiene ningún sentido que siga arrojando más leña al fuego. Su estancia en la Facultad de Humanidades podría llegar a tornarse insoportable.

Esta pasión por la Nueva Era es plenamente compartida por Sonia, su compañera de piso, quien, por su parte, hace enormes esfuerzos por buscar el punto medio que le permita asimilar las técnicas del Renacimiento al Psicoanálisis freudiano. Tenemos que decir a su favor que es mucho más valiente que Mónica y que ha llegado a plantear esto como un posible tema de tesis, lo cual, además de las burlas de sus compañeros, ha provocado que más de un profesor se lleve la mano a la cabeza con evidente desconcierto. 

Por lo demás, Sonia tiene un novio desde hace años, al que ve sólo cuando va a su pueblo en vacaciones, y al que es total y absolutamente fiel, razón por la cual Mónica generalmente tiene que afrontar sola o con personas menos allegadas, su búsqueda de compañía masculina. Aunque su amiga en ocasiones le echa una mano.  

He olvidado mencionar que, aunque paisanas, hay una pequeña diferencia socioeconómica entre ellas. Mónica proviene de una familia adinerada de la provincia, mientras que la de Sonia es de simples agricultores, razón por la cual ella se ve obligada a trabajar medio tiempo para suplir sus gastos, entre ellos pagarle a su amiga una módica cantidad por la habitación que ocupa en el apartamento que la otra paga casi totalmente de la generosa mesada que sus padres le depositan mensualmente. 

Por estos tiempos, Sonia consiguió un empleo de mesera en el café del Museo de Bellas Artes, y Mónica mata gran parte de su tiempo libre allí, usualmente acompañada de algún libro y de una deliciosa torta de chocolate, siempre al acecho de algún príncipe, que además de ser azul, comparta sus gustos espirituales y literarios.  Su amiga, que se encuentra plenamente al tanto de sus operaciones, de vez en cuando hace las veces de celestina, avisándole si aparece algún nuevo prospecto, al que de inmediato confecciona una especie de ficha mental, que luego comunica a su amiga: Hora en que suele ir, alimentos que ingiere, titulo del libro que lleva, si va sólo o acompañado de amigos, si es generoso o tacaño en las propinas... Este último detalle no le importa tanto a Mónica, pero su amiga insiste en aportarlo y bueno, ella tampoco está interesada en decepcionarla, así que finge interés al respecto. 

Ahora mismo, cuando Mónica está aún en el metrobús, decidiendo si destroza o no la dichosa novela, Sonia acaba de repicarle al celular. Está claro que el modesto Huawei Android de la otra es prepagado y tiene que estirar una tarjeta de 60 bolívares por todo un mes, mientras que a ella el consumo de su iPhone postpago se lo debitan directamente de la tarjeta de crédito de su adinerado papá. La llama de inmediato.

―Oye, ¿por dónde andas? –Indaga Sonia-. Te aconsejo que vengas para acá de inmediato, hay un candidato perfecto allí sentado. Ya se ha tomado dos cafés y parece interesadísimo en el libro que está leyendo. No creo que se vaya por ahora.

Mónica sonríe tristemente y no sabe qué decir. Aquello parece una broma macabra. Casi le da una mala contesta a Sonia, pero logra reaccionar a tiempo. Ella no tiene culpa de su estado anímico y es cierto que en otras circunstancias, le hubiera agradecido mucho semejante aviso.

―Ah, gracias amiga, pero hoy paso. Estoy demasiado cansada y hasta un poco depre. Ya te contaré en la noche lo que me pasó. 
Se despiden y tranca el teléfono. Ya el autobús está llegando a su destino, y se apresta a bajarse. El pegoste en sus muslos ya se pasa de incómodo y además, eso de andar por ahí sin pantaleta... Al bajarse, para un taxi y le da la dirección de su apartamento en El Marqués. Al llegar se da un buen baño y se mete de inmediato en la cama, donde se duerme de inmediato, y no despierta hasta que su compañera llega a casa, unas tres horas después.


Sonia no sale de su asombro:

—Pero… Mónica, tu estás loca de remate, amiga. Irte tras un hombre al que no conoces, a meterte en quién sabe qué lugar…

—Tampoco era tan mal lugar, la casita era un anexo, pero quedaba en la Florida —le replica Mónica, con una sonrisita maliciosa. Ya se siente un poco mejor y ahora más bien tiene ganas de azuzar a la otra. 
—Oye, ya sabes que esas cosas no importan, igual pudo ser un asaltante o un violador —insiste Sonia.

—Para qué preocuparme por eso, ¿no ves que si una cosa quería yo en ese momento con todas mis fuerzas era que me violara…? —le sonríe abiertamente, y Sonia queda bastante confundida. Su mente simple aún no capta las intenciones humorísticas de su amiga y cada vez sus ojos se abren más de asombro y estupefacción. 


—Pero qué dices… y además, ¡ni siquiera usaste preservativo! Esa historia del semen corriéndote por las piernas. ¡Ay, Mónica, yo creo que tú te volviste completamente loca! 

Ante esta última observación, Mónica se queda callada, y hasta se le refleja cierta preocupación en el rostro. Acaba de darse cuenta de ese detalle, justo en este momento. Ahí sí que Sonia tiene su razón, de verdad que se pasó de loca. 

Bueno, nosotros sabemos que más que loca, nuestra amiga ha pecado de ingenua e inexperta y esto nos viene a comprobar, una vez más, que ella hasta ahora no ha sido aficionada a este tipo de aventuras casuales. Pero... ¿cómo la afectará lo sucedido hoy?




Aquí ya las tienen. Ellas serán los personajes principales. ¿Qué es lo que quiero de los lectores? Qué me aporten ideas de situaciones eróticas en que ellas podrían estar inmersas. Solo la idea, no es necesario que escriban el relato, de eso me encargaría yo. 

Los venezolanos estarán más en su ambiente, pero igual cualquiera puede imaginar situaciones de sexo urbano, y yo las adaptaría al escenario de acá. También se valen sugerencias sobre los personajes, aún estamos a tiempo de hacerles modificaciones.

Dejaré pasar un mes entre una entrega y otra, así ustedes tienen tiempo de pensar y yo de escribir. Y si no se les ocurre nada, igual coméntenme qué les parece esta idea.

¡Ya está la tercera entrega de esta serie! Oprime aquí

miércoles, 19 de junio de 2013

CARACAS ERÓTICA. 1ra entrega: SEÑALES DEL CIELO



Este relato erótico fue posteado inicialmente incompleto y formó parte de un concurso en que los lectores proponían diversos finales. Ahora es la primera entrega de una serie de relatos que llamaré "Caracas Erótica", y que mantendrá a la misma protagonista en diversas situaciones de sexo urbano.




Todavía no podía creer que aquello hubiera sucedido. Menos aún que ella se hubiera atrevido a ser su protagonista. Era de ese tipo de anécdotas que, a pesar de tener una moraleja bien aprovechable y hasta su cuota de humor, uno nunca se atrevería a contársela a sus hijos y nietos, tan sólo por la vergüenza de confesarse protagonista de semejante insensatez. Si se la estaba contando a Sonia, era solo sólo porque seguía tan conmocionada, que si no hablaba con alguien, se moría. “Y tú eres mi mejor amiga, así que, ¿a quién mejor?”.

Eran como las cuatro de la tarde, y Mónica regresaba a casa en el Metro. En una estación se montó un muchacho que enseguida le llamó la atención. “No puedes ni imaginarte lo bueno que estaba”. Se veía que acababa de salir de algún gimnasio o entrenamiento, y no sólo porque usaba short, camiseta y zapatos de goma, o porque aún se le notaba sudoroso. Sus brazos y piernas eran musculosos; su espalda, ancha, y sus pectorales, de tan abultados, casi hacían estallar la camiseta. 

Y no sólo era el cuerpo, su rostro también era digno de ser tomado en cuenta: un par de ojos negros espectaculares, nariz recta, labios llenos y sensuales… Llevaba el pelo, también negro, muy corto y una sombra de barba muy tupida, como de dos días sin afeitar. “Un verdadero atraco. Provocaba irle encima y comérselo a mordidas.

El muchacho se sentó un poco lejos de Mónica, y después de contemplarlo un rato, ella decidió que sería mejor olvidarlo. Con un cuerpo tan espectacular y esa pinta de vivir dedicado a él, seguro no se podría entablar con él siquiera una conversación medianamente inteligente. Pero por más que trataba, no podía quitarle los ojos de encima. Le volvían a él como atraídos por un imán, y a su mente empezaban a llegar imágenes perturbadoras, y unas cosquillas a subirle por el espinazo… “Increíble, me estaba excitando allí mismo, en pleno vagón. Hasta me dio miedo que alguien se diera cuenta”.

Ahí fue que empezó a dudar. ¿Y si lo estaba juzgando sólo por su apariencia? Bien podría estarse engañando, pero, ¿cómo estar segura? Necesitaba una pista, algún indicio. Miró alrededor. El hombre frente a ella tenía un periódico, y hasta pensó pedírselo, para ver si el horóscopo le decía algo revelador. “Sí, sé que fue una idea tonta”. Ya estaba empezando reaccionar de forma inusual y errática, bajo el influjo de la irresistible atracción que aquel hombre ejercía sobre ella.

Fue entonces que, con el rabo del ojo que no había dejado de espiarlo, captó en él un movimiento inesperado. Se volvió. Había abierto su mochila azul marino y de ella sacado… “¡Adivina! ¡Nada menos que un libro! ¿Te imaginas?”.

Un montón de campanitas empezaron a tintinear en la cabeza de Mónica. Si ésa era la señal que le enviaban, no cabía duda: tenía que seguir adelante. Alguien que leía no podría ser tan elemental, aun cuando se dedicara a cultivar el cuerpo. Volvió a mirarlo, extasiada, y cada vez se convencía más. “Si había tenido la suerte de toparme con un tipo, que encima de estar tan bueno, tenía algo en la cabeza, yo no podía perder aquella oportunidad”.

Se dispuso a actuar. Lo primero era llamar su atención, y su reflejo inmediato fue meter la mano en el bolso y sacar su propio libro. Sabía por experiencia que nada atrae más a un lector que otro lector, se crea enseguida una corriente de identificación, que facilita cualquier acercamiento posterior. Ella siempre llevaba un libro en la cartera, si no lo había sacado antes para ir leyendo por el camino, era porque se había distraído precisamente mirándolo a él.

Éste lo acababa de comprar y ni lo había ojeado. Sólo sabía que era una novela erótica y eso también le pareció un símbolo prometedor. Lo abrió y fingió recorrer las líneas, pero de inmediato algo en el texto despertó su curiosidad y terminó interesándose en la lectura. La novela transcurría en el siglo XIX, y justo en ese capítulo, una joven aristócrata se ve junto a un grupo de personas, se trasladaba en un carruaje de un pueblo a otro. 

Con Virginia viajan varias personas, pero toda su atención se centra en un joven que va sentado al lado de la puerta. A juzgar por su vestimenta, es alguien muy humilde, de pueblo, pero a ella le parece excepcionalmente atractivo. Sabe que eso no tiene ningún sentido, pero no consigue dejar de mirarlo. “Es tan hermoso”, piensa. “Y a pesar de sus ropas tan sencillas tiene como un garbo, una elegancia natural... Tampoco sus manos son las de un trabajador del campo, parecen finas y cuidadas y sus ojos irradian nobleza. Probablemente proceda de una familia de linaje, venida a menos. Ni me ha mirado, ¿será que no me ha visto?  No, no puede ser, lo que pasa es que debe sentirse intimidado, y lo entiendo, si yo estuviera tan mal vestida no me atrevería ni a mirar los ojos de un caballero. 

La evidente analogía con la situación en que se encontraba sacudió a Mónica. Era otro indicio de que iba por buen camino. Aunque su lector del metro a ella ni la había notado, y si seguía tan abstraído en su lectura, nunca lo haría. Entonces vio desocuparse un puesto frente al suyo y decidió sentarse allí, para ver si lograba que se fijara en ella.

En ese momento, el tren llegó a una estación. El muchacho cerró el libro de golpe, se paró y salió por la puerta más cercana. Mónica, que ya estaba de pie para cambiar de asiento, ni lo pensó y salió detrás de él. No había oído ni qué estación era, pero qué importaba, no podía perderlo.

Empezó a subir la escalera mecánica, presa entre un mar de gente que no la dejaba avanzar y viendo cómo su mochila azul llegaba arriba, y se perdía de vista en medio del tumulto. Se desesperó. Con tantas señales positivas, no podía ser que se le escapara. “Comencé a rezar como una loca, no, mi diosito no podía permitir que aquella belleza se me escapara”. Cuando llegó arriba, el muchacho no se veía por ninguna parte. Atravesó el torniquete, tomó la salida más cercana y subió toda velocidad la segunda escalera, que por suerte estaba casi vacía.

Ya en la calle, miré ansiosa alrededor. Ahí estaba, esperando tranquilamente el metrobús, otra vez con su libro ante los ojos. “Le di gracias a Dios y… ¡hasta le prometí ir a misa el domingo!”. Se puso en la cola, quedando unas cuatro personas más atrás que él. Desde ahí era imposible intentar nada, no le quedaba más remedio que esperar a estar en el autobús. Volvió a abrir su novela. 

El carruaje ha llegado a un destino intermedio y varias personas se bajan, quedando sólo Virginia y el joven campesino para continuar viaje. “¡Qué suerte!”, celebra ella, “vamos a seguir solos el viaje. Es largo, así que podré observarlo mejor y tal vez hasta logre vencer su timidez. Porque ahora ya tiene que haberme visto, sin embargo, sigue retraído. No es para menos, el cochero ya lo miró con cierta desconfianza al ver que quedábamos solos y le lanzó una mirada como de "cuidado con importunar a la señorita".  Pero ya irá ganando confianza. De eso me ocupo yo. 

Mónica estaba cada vez más emocionada. La similitud se le antojaba casi mágica y ahí fue que tomó la decisión más trascendental del día: seguiría las indicaciones del texto, haría lo mismo que esa chica hiciera. “No me mires así, que parecía muy lógico en aquel momento. Además, ¿qué mejor que la Literatura para servirme de guía?”.

Se apartó unos pasos de la cola y lo contempló, esta vez de perfil. Unas gotas de sudor le corrían por la cara y en ese momento sacaba un pañuelo y se las secaba. Ya empezaban a humedecérsele los muslos, sólo quería correr hacia él y lamer ella misma aquel sudor, que tendría ese sabor entre ácido y salado, como de pepinillos encurtidos… Empezó a temblar y eso ya la asustó un poco. Se sentía fuera de control, capaz de hacer cualquier locura. Hasta le daba miedo seguir leyendo, pues ya sabía que lo que fuera que dijera allí, tendría que hacerlo.

En ese momento el metrobús llegó. Al llegar su turno subió y mientras validaba el boleto, lo buscó con la mirada. Ahí estaba, en uno de los asientos de adelante que van contrarios al resto. Frente a él ya había alguien, pero el puesto diagonal estaba vacío, y Mónica se apresuró a ocuparlo. Hizo tanto revuelo al sentarse, que por primera vez lo vio levantar la vista de su lectura y fijarla en ella.  “¡Qué mirada, amiga! Me penetró hasta el alma, y no sé, pero algo en ella me hizo sospechar que no me estaba viendo por primera vez.

Tal vez hasta había notado que lo seguía”. Volvió a temblar. Aquel par de ojos estaban clavados en ella, es decir, que tenía al fin toda su atención, justo lo que había estado deseando, y ahora no podía evitar sentirse intimidada. ¿Que debía hacer?

De inmediato recordó el libro y lo abrió. Allí tenía que estar la respuesta, además de que le serviría de parapeto contra aquellos ojos, que ya empezaban a ponerla nerviosa. Fingió leer un poco, y al volver a alzar la vista, ahí seguían sus ojos. Esta vez se sobrepuso a su timidez y le sostuvo la mirada. Ensayó una media sonrisa, que él le devolvió mucho más amplia, y con un dejo de malicia en las pupilas. De nuevo se turbó, y regresó a la lectura. 

El coche salta constantemente, por los accidentes del camino, y a cada impacto, los pechos de Virginia se elevan, amenazando con salir disparados de su escote; mientras su vecino, ya menos retraído, no los pierde de vista ni por un segundo. 

En ese momento, el autobús cayó en un bache. Los senos de Mónica rebotaron, y casi se salen de la blusa, cosa que aquellos ojos frente a ella no dejaron de notar. Ahora estaban fijos en sus pechos, que gracias a su camisa escotada y al sostén push off que las empujaba hacia adelante, debían lucir exactamente como los de la muchacha del libro, que impulsados desde abajo por su apretado corsé, desbordaban su escote. “¿Sigues viendo el paralelismo que entre el texto y la situación?”. Mónica estaba cada vez más exaltada, y sentía que no podría detenerse. Siguió leyendo. 

Virginia está cada vez más inquieta. “Sus ojos sobre mi piel me hacen sentir un calor que casi me abrasa, y tengo cada vez más deseos de saltar sobre él, y hundir mi boca en esos labios llenos y sensuales, que se me antojan frutas maduras, listas para ser mordidas. Ay, cómo lo deseo. 

El libro empezó a temblarle en las manos. “Eso mismo era lo que yo estaba deseando desde que lo vi en el tren, lanzarme sobre él y devorármelo”. Sexo, lo que quería era sexo, y aquella muchacha de la época victoriana le estaba dando una lección, era mucho más sincera consigo misma que ella. Se llenó de valor y le buscó los ojos. El deseo en ellos era tan intenso, que otra vez la hizo sentir intimidada. Volvió a refugiarse en la lectura. 

Ya ha dejado atrás su timidez y sus ojos me recorren con una avidez que me asusta, aunque aún no se atreve a dar el primer paso. Lo entiendo, de equivocarse y yo gritar, sería su fin. Ese cochero hasta va armado. Si no actúo yo, la cosa no pasará de este ya tonto intercambio de miradas. Busca los ojos del joven y por primera vez, le sonríe abiertamente. 

Leer eso le dio a Mónica el valor que necesitaba, y alzando la vista, de nuevo jugó a sostenerle la mirada. “Él se enganchó y competimos a ver quién la mantenía más tiempo fija en los ojos del otro”. Pero ambos hacían trampa. Los de él se desviaban invariablemente a su escote, y sabrá Dios lo que pasaba por su mente. Los de Mónica resbalaban por su cuello, siguiendo el recorrido de unas gotas de sudor que se deslizaban por su pecho, e iban a perderse bajo el cuello de la camiseta. “Parecían estar pidiendo a gritos que las detuviera con la lengua”.

Otra vez estaba excitadísima, y entonces se atrevió a ir más allá. Fingiendo rascarse una pierna, se inclinó y sus senos casi se salen de la blusa, ante los desorbitados ojos de hombre. Al incorporarse, le dedicó su sonrisa más seductora, y le hizo un guiño de complicidad. Se sentía de pronto dueña de la situación.

Él entonces buscó en su mochila y sacó un lápiz. Hurgó un poco más y al no encontrar lo que buscaba, por un momento se vio desorientado. Ahí fue que se fijó en el libro y sin pensarlo dos veces, se fue a la última página y, “¡le rasgó un pedazo! ¿Puedes imaginar lo que sentí?”. Nada más el sonido del papel al romperse fue para Mónica como si le dieran una bofetada en plena cara. Empezó a mirarlo con recelo, mientras escribía. Terminó, dobló el papel, extendió la mano y lo dejó caer en su falda.

Ella lo tomó con miedo. Después de lo que acababa de ver, podía esperar cualquier disparate, tal vez algo ilegible, faltas de ortografía garrafales, una sintaxis espantosa. Pero no, la letra era un poco inmadura, pero se entendía bien y todo estaba decorosamente correcto. ‘Me bajo en la próxima parada’, decía, ‘sígueme a distancia, y entra detrás de mí. Te espero al final del pasillo’. Otra vez temblores. Aquello iba muy rápido. Tenía que decidir y se estaba muriendo de miedo. Automáticamente, posó los ojos en el libro. La protagonista, dadas sus circunstancias particulares, había tenido que ser mucho más osada que ella. 

Aprovechando que el sol da en ese momento sobre ella, Virginia se cambia de lugar, quedando justo al lado del joven. Pronto un brusco viraje del carruaje la hace caer prácticamente sobre el regazo de él, cuyas manos la sostienen con firmeza, evitando su caída. Ella se vuelve y lo besa en los labios. Segundos después está a horcajadas sobre las rodillas del hombre, cuya cara se pierde entre sus senos, ya prácticamente fuera del vestido. 

“Ahí sí dije: ‘Al diablo. Si ella en esa época se atreve a dar rienda suelta de ese modo a sus deseos, ¿cómo yo en pleno siglo XXI voy a estar con tantos remilgos?’”. Buscó sus ojos, que la miraban interrogantes y le hizo un gesto de asentimiento. A pesar del alarde de valor, otra vez estaba temblando, y ya no sabía muy bien si era de miedo o de excitación.

Lo vio guardar el libro y ponerse de pie. Al pasar, le rozó a propósito con sus rodillas y ese leve contacto piel con piel le erizó hasta el último cabello. Se quedó inmovilizada, mientras él caminaba hacia la salida del medio y se bajaba. (Hasta aquí llegaba el cuento en la versión incompleta, los finales eran propuestos a partir de este punto)

Se sobrepuso a última hora y bajó corriendo por la puerta de adelante. Ya estaba en la acera y lo veía alejarse. Siguiendo sus indicaciones, fue tras él a cierta distancia. “Ahí fue que las dudas empezaron a atormentarme. ‘¿Qué estás haciendo, loca de remate? ¿Vas a acostarte con un tipo del que ni el nombre sabes?’”. Se detuvo, titubeante, pero entonces su vista se posó en sus nalgas, que se movían rítmicamente bajo el short, y unos fuertes corrientazos en el sexo la impulsaron hacia adelante. Siguió andando. Tenía los muslos tan mojados, que se le pegoteaban, dificultándole caminar. 

Al fin lo vio desaparecer por el costado de una casa. Al llegar al sitio, se detuvo, y miró hacia adentro. Había un largo pasillo, con puertas a cada tramo, y él estaba parado ante la última. Al verla, hizo un leve gesto y entró, dejando la puerta entornada. Mónica acopió los restos de valor que le quedaban, caminó hasta allí, la empujó decididamente y entró. Una pequeña habitación hacía las veces de sala, comedor y cocina; sobre la mesa estaba la mochila azul, pero a él no lo veía por ningún lado. 

Dio unos pasos, sintió la puerta cerrarse a su espalda, y se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole a millón. Fue sintiendo su presencia, cada vez más cerca de su cuerpo. Sus brazos la rodearon y sintió la fuerza de su erección contra sus nalgas, mientras su lengua húmeda empezaba a recorrerle el cuello, lo que junto al roce áspero, aunque leve, de la barba, le iba poniendo toda la piel de gallina. Su mano le alzó la falda y metiéndose entre sus muslos, palpó la humedad entre ellos. Ahora también le mordía y chupaba el cuello, la barba ya la raspaba, inclemente, y su cálida respiración junto a su oído se hacía cada vez más rápida. Su sexo (“¡Ay, amiga, aquello nada más al tacto ya se sentía impresionante!”) casi le perforaba el short, buscando abrirse paso entre sus piernas, mientras la otra mano le sacaba un seno por encima del escote, y apretaba el pezón entre los dedos. 

Entonces, de un tirón, la puso de frente, la apoyó contra la pared más cercana y se pegó a su cuerpo. Su potente erección impactó contra la pelvis, de Mónica, mientras su lengua se metía en mi boca. Una mano, otra vez bajo la falda, le arrancó la pantaleta, y unos dedos se perdieron entre sus ya anegados surcos, mientras con la otra iba despojándose del short. Le aferró con ambas manos las nalgas, y elevándose por el aire, la hizo aterrizar justo encima de esa punta de carne maciza, que le atravesó de golpe las entrañas, haciéndome ver luces de colores en toda la habitación, como si de un inmenso árbol de Navidad se tratara. “Ahí entendí a la chica de aquella película brasilera, Yo sé que te voy a amar, ¿tú la viste? La pusieron en la Cinemateca. Ella le dice a su esposo: ‘La primera vez que entraste en mí, yo pensé: es Navidad”. Mónica nunca había olvidado aquel parlamento, pero hasta ese momento no lo comprendió totalmente. Se sentía en las nubes. 

Sin embargo, a pesar de todo lo que había fantaseado que le haría, él no le dejaba mucho margen de maniobra. La tenía prácticamente inmovilizada. Alcanzó a deslizarle la lengua por el cuello apenas el par de veces en que sus rápidos movimientos de empuje me lo permitieron, y metió las manos por debajo de la camiseta, palpando su espalda sudorosa y tratando de alcanzar infructuosamente aquellas nalgas, que sus piernas mantenían fuertemente atenazadas. Ya una violenta ola de placer le subía por el espinazo, mientras él arreciaba sus movimientos, hundiéndose más y más en su interior. 

Al fin lo oyó proferir un sordo, pero desgarrado gemido, que se perdió entre los chillidos que ya se escapaban, incontenibles, de su boca, y que él de inmediato buscó ahogar, en un último y sediento beso, que le absorbió toda la saliva y casi le roba el poco aliento que le quedaba. Se dejaron caer lentamente hasta el piso, donde el cuerpo robusto de él amortiguó su caída, y terminó sirviendo de colchón al de Mónica, aún conmovido y tembloroso. “Sí, ya sé que hasta ahora todo parece estar bien, pero déjame que termine y lo vas a entender todo”. 

En ese momento, Mónica estaba en el cielo. Sólo quería quedarse por siempre dentro de aquellos brazos. Sus manos ahora acariciaban tiernamente todo su contorno, mientras su respiración se calmaba poco a poco junto a su oído. El movimiento se fue lentificando más y más, hasta cesar por completo y su respiración se hizo acompasada. 

Se había dormido, así que Mónica aprovechó para incorporarse y buscar el baño. No había más que una puerta en la sala y la abrió. Había un dormitorio sencillo con sólo una cama personal, una mesa de noche y un pequeño armario. Todo escrupulosamente limpio y ordenado. En una tabla adosada a la pared había algunos libros. Decidió que los revisaría al salir del baño.

Mientras orinaba, vio sobre la cesta de ropa sucia algunas revistas. Tomó una y… (“¿adivina qué? ¡Unas enormes tetas, de ésas bien rellenas de silicona, casi desbordaban la portada!”). Las restantes eran por el estilo, sólo cambiaba la parte del cuerpo en exposición. Sintió una familiar sensación en la boca del estómago. Algo no estaba encajando bien allí. Ella se había hecho de la vista gorda con la hoja arrancada del libro, pero esto ya era demasiado. 

Se aseó de prisa y casi corrió hasta los libros. Allí terminó de espantarse: uno de pasatiempos, un Diccionario Técnico de Biomecánica, y un grueso volumen titulado Principios de defensa personal, junto con (“¡varios ejemplares de la Gaceta Hípica! ¡Qué horror!”) Todavía con un ápice de fe, abrió la mochila que estaba sobre la cama y sacó el libro funesto. Funcionamiento de los músculos del cuerpo humano, leyó. 

Se quedó clavada en el sitio, sintiéndose terriblemente burlada, estafada, violada, mientras el libro se iba deslizando de sus manos, hasta caer al suelo.  “No te rías de mí, que ya bastante me he flagelado a mí misma. Lo que más rabia me daba era darme cuenta de que por querer cogérmelo de todas maneras, me había agarrado de cualquier cosa”. Ni siquiera le había pasado por la mente fijarse en qué libro era el que tenía en las manos. 

 Se quedó unos instantes allí, revolcándose en su decepción, cuando sintió un ruido en la sala. Salió de la habitación y el joven se había despertado y le sonreía, malicioso, anticipando una nueva travesura. Pero Mónica ya estaba muy lejos de allí, o al menos eso era lo que deseaba con todas sus fuerzas. Se puso la falda como pudo, tomó su bolso y salió casi a la carrera, ignorando los insistentes gritos de él, que en vano intentaban detenerla. Las lágrimas corrían por su cara y por sus muslos fluían los últimos restos de semen (“¡no había recuperado mi pantaleta!”), provocándole una sensación pegajosa y desagradable, que casi la hace vomitar. 

Se odiaba a sí misma en ese momento. “Tonta más que tonta, idiota, estúpida… Bien empleado me lo tenía todo, por estar invocando señales del cielo”. Sí, y hasta podía admitir que muchas las había forzado para ver en ellas justo lo que quería, pero algo aún no le quedaba claro, ¿y la novela? Parecía guiarla con tanta exactitud. ¿También la habría malinterpretado? 

Se sentía tan desgraciada, que llegó a la parada junto con el autobús, y ya ni se acordó de dar gracias a Dios por su suerte. Lo abordó, se sentó, sacó su libro y buscó ansiosamente el final del dichoso pasaje que inspirara todo aquello.  

El coche se detiene bruscamente. Virginia abre los ojos de golpe y mira desorientada a las personas a su alrededor. Ve al joven en la puerta, que tan apocado como siempre, se dispone a bajarse. Poco a poco, va comprendiendo lo sucedido. “Lo soñé todo, ¿cómo es posible? Fue tan vívido, tan intenso, y tan hermoso... Pero es mejor que haya sido así. Sin dudas, él no es más que un rústico y ordinario campesino, indigno de que yo pose siquiera mis ojos en él. ¿Dónde tendré la cabeza?”. 

Cerró el libro de golpe. Se quería morir. Toda aquella osadía que tanto la inspirara, no era más que la ingenua fantasía de una jovencita reprimida, que sólo en sueños se atrevió a salirse de su aristocrática coraza. “Y yo tan imbécil, me lancé de cabeza en esa historia, sin medir las consecuencias. Si tan sólo hubiera seguido leyendo un poco más...”. 

Miró el libro, que aún estaba en sus manos. Le provocaba hacerlo pedazos, y arrojarlos uno a uno por la ventanilla… “Pero claro, adivinaste, no lo hice. Yo nunca sería capaz”. Volvió a guardarlo, mientras pensaba que tal vez un día, cuando toda aquella pesadilla quedara olvidada, podría leerlo sin sentirse miserable. 



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