miércoles, 17 de abril de 2013

Una historia de amor en BISEXUAL (Fragmento)

Hace unos años, cuando Bisexual se publicó en Venezuela, una vez fui invitada una lectura pública en una plaza. Quienes sepan algo de esta novela comprenderán que estaba en un aprieto, pues sería un domingo a las 3 de la tarde y habría niños presentes. 

Esta fue la escena que seleccioné y creo que no estuve muy desacertada. Aquí podrán notar que Bisexual, al mArgen del erotismo, nos cuenta una atractiva historia de amor, con todos los ingredientes para enganchar al lector. La escena no es demasiado representativa de la novela, pero aún así espero que los atrape.



Julia ya ha optado por no asombrarse con Elena. Cada vez que la visita, las cosas están un poco más complicadas. Es lógico, porque nunca sigue sus consejos. La escucha, parece comprenderla, pero luego hace exactamente lo que se le da la gana. Sin embargo, el hecho de que siga buscándola cuando se siente desesperada es una garantía de que aún confía de algún modo en ella. Así que, aunque sólo sea para comunicarle sus nuevas locuras, le gusta que venga a verla.

Esta vez trae un montón de noticias y no todas son tan malas. Escucha casi sin respirar la historia de su encuentro con Sergio. Se muere de ansiedad por saber el final, pero Elena se regodea en los detalles. Al terminar, Julia queda con una extraña sensación. No sabe bien si es de alivio o decepción. Estando Sergio de por medio, nunca está segura nada.


Aún a estas alturas, cuando jura haber superado definitivamente la pasión que durante tantos años sintiera por él, los sentimientos, a veces tan contradictorios, que experimenta al respecto logran confundirla. Y nunca puede evitar que el corazón se le encoja, con una amarga y punzante nostalgia, cada vez que recuerda el día en que las dos lo conocieron, ocho años atrás.


Un matrimonio amigo, bastante adinerado, daba una fiesta en su casa y como siempre, la invitaron. La mujer estaba convencida de que Julia necesitaba casarse y se había dado a la tarea de conseguirle un buen partido. No era la primera vez que le presentaba hombres, y como hasta entonces no había tenido éxito, en esta ocasión ella ni siquiera se ilusionó. Fue a la fiesta por no desairar a su amiga, y se llevó a Elena consigo. Ya era hora de que aquella muchachita ermitaña se relacionara con jóvenes de su edad. En la reunión habría algunos, así que con mucho trabajo logró que se pusiera un vestido aceptablemente femenino y la acompañara.


No más llegó y vio al candidato que le habían destinado, supo que esta vez su amiga había acertado. Julia no era ninguna ingenua. A los veintiocho años, ya tenía en su haber unos cuantos fracasos. Desde tiempo atrás, había dejado de soñar con un príncipe azul. Al encontrarse frente a aquel hombre tan apuesto y elegante, que a pesar de sus escasos treinta y cinco años, ya era considerado todo un magnate en el ramo editorial –por lo que era sumamente rico, además de divorciado y sin compromiso conocido–; fue como si el tiempo de pronto retrocediera, tuviera otra vez quince años y todos sus sueños intactos.


De inmediato, lamentó no haberse tomado en serio el asunto, y haber acudido a la velada tan mal vestida y desarreglada. Por supuesto que exageraba. Si bien no se había esmerado demasiado con su atuendo, Julia estaba deslumbrante esa noche. Siempre lo estaba. Su belleza era del tipo que no necesita ser realzada y por mucho que se esforzara, nunca conseguía verse mal. Aún con ropas ordinarias y sin maquillaje alguno, lograba impresionar a quien pusiera los ojos en ella. 


Por desgracia, esa noche los únicos ojos masculinos que no estaban pendientes de su persona eran precisamente aquéllos que le interesaba atraer. El hombre apenas se detuvo en su rostro. La impresión de ella al verlo fue tan fuerte, que se quedó sin habla y apenas atinó a extenderle la mano. Su mirada naufragó de tal modo en la profundidad de aquellos ojos grises, que tardó un tiempo en percatarse de que hacía rato que no la veían. Luego de cumplida la formalidad del saludo, la atención de él se trasladó inmediatamente a algo que quedaba justo a su izquierda. 

Al darse cuenta al fin, Julia siguió la dirección de su mirada y quedó nuevamente muda, aunque esta vez de estupefacción. Lo que hacía a aquellos ojos divinos despedir destellos de luz, era nada menos que su adolescente, y a juicio de ella –mas no de él, sin duda– bastante insignificante hermanita menor.  

En toda la noche, Sergio sólo tuvo ojos para Elena, mientras los de Julia, aún incrédulos, no podían apartarse de aquel absurdo panorama. La chica –tenía apenas diecisiete años–, en principio estaba azorada y sin saber qué hacer ante aquel despliegue de galantería y amabilidad al que no estaba habituada. Pronto el carisma y el seductor encanto que aquel hombre irradiaba por cada poro de su persona hicieron su efecto, y quedó atrapada por el mismo hechizo que desde mucho rato antes tenía a su hermana totalmente subyugada. 

Su anfitriona, que también se había percatado de lo ocurrido, miró a Julia y movió la cabeza con desaprobación. Aquello no debería haber pasado. Pero no había nada que hacer, al menos no ese día. Más tarde intentó tranquilizarla y convencerla de no abandonar sus esperanzas. Sergio era conocido por ser bastante extravagante en materia de faldas, pero era sabido también que sus caprichos duraban poco. «Es una niñita, eso no va a prosperar», le aseguró. «Con tu belleza y un poco de astucia, lograrás atraerlo y que se olvide de eso». 

Julia no se sentía tan optimista. Esa «niñita» era su hermana, a la que adoraba como una madre a una hija. Estaba segura de que si el arrobamiento que aquellos ojitos reflejaban era nada más la mitad de fuerte del que ella misma estaba sintiendo por aquel hombre, sería totalmente incapaz de interponerse entre ellos. Aun cuando el tipo más tarde la desechara, si Elena lo amaba, ya no podría verlo con los mismos ojos. 


Al paso del tiempo, y en vista de que el noviazgo de su hermana progresaba, Julia comprendió que tendría que resignarse. Y el día que, meses después, Sergio fue a solicitarle expresamente y con toda formalidad, la mano de Elena en matrimonio, tuvo que hacer un extraordinario esfuerzo para no desmayarse. Esa noche lloró durante horas y allí mismo murió cualquier esperanza que aún pudiera abrigar. 



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2 comentarios:

  1. Coincido con vos, que fue una escena muy acertada por el horario y el variado público que tenías para leer una novela erótica. Creo haber leído más sobre esta novela en publicaciones anteriores (me recuerda el nombre masculino una escena hot jeje), me gustó mucho. Gracias por compartir :)

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  2. Pues sí, está por ahí en alguna otra escena. Gracias por el comentario y ojalá te animes a seguir leyendo.

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