sábado, 26 de octubre de 2013

La memoria en clave erótica (Fragmento de PENETRACIONES)

¿Cómo te las arreglas para recordar los detalles de tus encuentros eróticos? ¿Tienes contigo mismo alguna clave que te permita darte cuenta de que te has enamorado? De estos y otros temas diserta José Martín Molina en este fragmento de su novela erótica Penetraciones, una pequeña pero representativa muestra de su vertiginosa prosa, por momentos cruda y descarnada, otras veces depuradamente lírica, y siempre llena de detalles únicos y deliciosos. ¡Qué lo disfruten!



Lo que sí me atrevo a decir es, que todo lo que pasa, según pasa y casi al instante, cae como en un abismo de olvido. Un cajón desastre en que todo se torna irreal. Las grandes experiencias de la vida, cuando pasa el tiempo, se quedan ahí como la ropa tendida que has olvidado recoger. Como si las hubiese vivido otro que ya no eres tú. Un polvazo santo y alucinante, puede conseguir que sonrías como un estúpido sin cerebro durante tres días. Te emborrachas pensando una y otra vez en lo maravilloso que fue. Pero luego SE BORRA. Y ya no vuelve. Se quedan sólo unos detalles desgajados, inconexos, sin relación con el resto de los hechos, aislado, como una imagen deificada. Por ejemplo el momento en que sus bragas negras bajaron suaves por sus muslos. O como salpicó un momento su melena en el aire un instante antes de llegar ella al orgasmo. El resto ha desaparecido. Sólo quedan algunos instantes huérfanos.
Una intensidad de ojos ardiendo como ascuas dos segundos, el vello de un pubis que brilló como oro un instante, un especial rubor en unos labios antes de besarlos... La memoria es como un inmenso desván en el que se amontonan objetos ya inservibles y desgajados de toda conexión coherente. Como el manso de un manillar de una bicicleta, sin manillar y sin bicicleta.
Un interruptor de no sé sabe qué. Un trozo de plástico que parece la correa de un reloj y luego es el dedo de un guante de lavar los platos.
Por eso acaso escriba un diario, para que la memoria no me haga su inevitable trampa de lagunas. Ya me encargo yo, a través de la disciplina del diario, de ensartar, como perlas en un collar, toda la maquinaria que fue conocer a alguien de quien te gustaban su culo y su sonrisa, las llamadas de teléfono que se sucedieron, la primera vez que hubo comunión espiritual y carnal y cómo y dónde y después de hacer qué o antes de hacer qué otra cosa. Qué música sonó. Las bragas eran rojas o negras. Trajo pantalones ceñidos o falda. Le dije que la quería o simplemente no paré de mirarle a los ojos diciéndoselo una y otra vez con palabras mudas. Y puedo decir si ese mismo día comí macarrones, si me levanté a las cuatro de la tarde, si me entró un ataque de ansiedad en las escaleras mecánicas del metro, si mi madre me llamó por teléfono preguntándome cuándo me veía el pelo, que me quería dar una camisa que me había comprado.
Todo en la vida, es esencial, hasta cuando te pica el hombro y te rascas. De tanto anotar y anotar y observar y observar, empiezas a descubrir claves secretas de cómo funciona tu psique. Por ejemplo, descubres, como es mi caso, a base de juntar mil detalles aparentemente inconexos, que cuando te enamoras hasta la médula, al final de tu columna vertebral, por allá por la parte en que termina la espalda y empieza la juntura de las mejillas de tus nalgas, aparece un grano. Pues sí. Cuando me enamoro, me sale un grano en el culo.
Es un hecho que lo puedes cotejar desde un punto de vista simbólico, pero en realidad se trata de un hecho psicosomático. Con Irene he tenido repetidamente ese grano durante casi tres años. Cuando crecía y se volvía insoportable, no me quedaba otro remedio que explotarlo. En seguida el grano volvía a asomar su cabeza turgente de pus. Si rompía con Irene el grano desaparecía milagrosamente. En cuanto volvía con Irene, el grano volvía a darme literalmente por el culo.
Depende cómo te tomes una revelación así. Pero en mi caso, que soy vitalmente práctico y sonriente, me parece una señal espléndida.
Cuando conozco a una chica, me acuesto con ella y voy a ducharme y veo que algo me está molestando en la raja del culo, me pongo tan contento: ¡otra vez surge el amor lleno de alas y picotas en mi vida! ¡El maravilloso grano del amor!
Efectivamente, al poco de conocer a Leticia, el granito vuelve a aparecer, cuando ya me había olvidado de él completamente. ¡Bienvenida Leticia! ¡Haz que ese grano me crezca como un melón! ¡No puede haber mejor señal!


¿Te gustó? ¿Quieres saber más de esta novela? Entra aquí, lee la sinopsis, las reseñas y si te convence, atrévete a leerla