jueves, 29 de agosto de 2013

CARACAS ERÓTICA, 3ra Entrega: CUERPO A LA VISTA



¡Hola! Aquí lo prometido, una nueva historia de erotismo ambientada en la ciudad de Caracas, con la protagonista que ya conocemos. ¿En qué loca aventura se meterá Mónica esta vez? Empiecen a leer y lo averiguarán. (Para quienes no conozcan las dos primeras entregas de esta serie, aquí están los link por si prefieren leerlas antes. También estarán al final). 
1ra entrega
2da entrega

La primera vez que Mónica lo vio, fue en la sección de frutas del supermercado cercano a su casa. Ya había comprando casi todo de su lista, solo le faltaban unos plátanos. Echó un vistazo alrededor. Había varias manos colgadas, pero le quedaban demasiado altas. Como el empleado no estaba cerca, fue a pedirle el favor a un joven que escogía unas guayabas a un par de metros de ella. Antes de que pudiera hablarle, sus ojos sin querer se posaron en su trasero.
Tenía puesto un mono deportivo, bajo cuya tela se perfilaban unas nalgas erguidas y firmes, que parecían estarla invitando a gritos a que les pusiera las manos encima. 
Mónica se quedó a mitad de camino, sin poder hablar ni moverse, sólo contemplándolas, y sintiendo que un fuerte estremecimiento, que partía de su sexo, le recorría el cuerpo, y hacía que las piernas le fallaran, hasta el punto de tener que apoyarse en una repisa a su lado para evitar caerse.

Unos segundos después, ya más dueña de sí, terminó de acercarse al joven y lo tocó en el hombro.
—Disculpa, ¿podrías alcanzarme aquellos plátanos?
Él se volvió, sin haber escuchado bien lo que le decía, y la miró interrogativo. Pero Mónica apenas reparó en su mirada. Sus ojos se habían posado ahora en el cuello de su camiseta, que tenía la forma de una V bastante pronunciada, dejando asomar una buena porción del vello, negro y abundante, que (pensó enseguida, mientras otro temblor la recorría de pies a cabeza) seguramente le cubriría todo el pecho, que se adivinaba amplio y de músculos definidos bajo la delgada tela que se le adhería como un guante.
En ese momento, aún con la vista fija en aquel lugar, Mónica reaccionó, comprendiendo de golpe la situación tan comprometida en que se encontraba. El joven estaba frente a ella, mirándola expectante y por fuerza tendría que haber notado el impacto que algunas partes de su anatomía le habían provocado. Lentamente fue deslizando la vista desde el pecho hacia arriba, atravesó el cuello, surcado por una poderosa nuez de Adán; rebasó la barbilla, algo pronunciada y con un pequeño hoyuelo en el centro, e ignorando los labios y la nariz (no tenía tiempo para detenerse en ellos), llegó a los ojos, donde la expectación ya se había tornado en franca curiosidad, y dejando su mirada por un momento fija en ellos, sonrió con coquetería.
—Me preguntaba si podrías alcanzarme esos plátanos de allá —le dijo, mientras se volvía y se los señalaba con el dedo—. Es que yo… ya sabes, no alcanzo.
—Ah, claro —respondió él, a la vez que bajaba la vista, como si la sonrisa lo hubiera intimidado; y se dispuso a cumplir su cometido.
Mónica se quedó otra vez a su espalda, y no pudo evitar que sus ojos curiosos siguieran detallando aquel cuerpo que todavía parecía guardar nuevas y agradables sorpresas. El hombre era bastante alto y de complexión delgada, aunque musculosa. “Se nota que debe hacer mucho ejercicio a diario”, pensó, al tiempo recorría uno por uno, casi acariciándolos con la vista, cada músculo de su amplia espalda. Los de los brazos se tensaban al alzarlos para alcanzar su objetivo, y casi amenazaban con hacer estallar las estrechas mangas de la camiseta.
Estaba otra vez completamente ensimismada, cuando él se volvió, extendiéndole los plátanos y casi la sorprende. Consiguió disimular, y al tomarlos, le agradeció con una sonrisa aún más seductora que la anterior. Nuevamente percibió que él se turbaba.
“Debe ser tímido”, reflexionó, mientras lo veía alejarse en dirección a la caja, advirtiendo arrobada cómo sus espléndidas nalgas se movían arriba y abajo con la rítmica cadencia de su andar. “Tal vez por eso hace tantos ejercicios, para sentirse más seguro. Y no se puede negar que le hacen buen provecho”. 
Caminando luego hacia su casa, reflexionó sobre lo que acababa de sucederle. Sus reacciones se le antojaban completamente ajenas, como si no hubiera sido ella quien experimentara aquellas sensaciones. “A ver, ¿cuándo me he excitado yo de ese modo con sólo mirar el culo de un tipo?”, se preguntaba, intrigada. Desde su aventura con el muchacho del metro, no podía negar que se había acentuado su interés por el físico de los hombres, pero esto ya era demasiado. 
Aunque sabía que no era posible, casi podía jurar que su cuerpo había respondido por sí solo a los estímulos, sin intervención alguna de su mente. “¡Qué locura!”, sonrió, tratando de restarle importancia al asunto. “Pero la verdad es que no me hubiera disgustado ni un poco ponerle las manos encima a ese hombre. ¿Cómo puede alguien estar tan bueno y andar así por la calle, sin tener consciencia de las reacciones que provoca?”.
Volvió a verlo unos cuatro días después, esta vez en la charcutería. No había logrado sacárselo de la cabeza y determinadas partes de su cuerpo acudían de tanto en tanto a su mente, como fotos instantáneas cuya sola visión conseguía perturbarla y ocupar, al menos por un rato, su atención, distrayéndola de cualquier cosa que estuviera haciendo. Había ido cada día al supermercado, más o menos por la misma hora, con la esperanza de volver a encontrárselo, y ya casi estaba perdiendo las esperanzas. El tipo podía no vivir en la zona, y haber entrado allí ese día por casualidad. Tal vez nunca más volviera a verlo. Por eso cuando lo distinguió allí, se sintió de inmediato invadida por la inquietud.
“¿Y ahora qué hago?”, se preguntó, sin poder evitar quedarse otra vez contemplándolo.
Tenía otra de esas camisetas ceñidas que tan bien resaltaban su musculatura; pero esta vez, en lugar de un mono, llevaba unos jeans bastante ajustados, que le moldeaban estupendamente el trasero. Los ojos de Mónica se quedaron clavados allí, mientras sentía crecer en su interior, con más fuerza aún que la primera vez, el impulso de saltar sobre él, arrancarle la ropa y devorar palmo a palmo todo aquel cuerpo divino.
Cuando él se volvió y la reconoció, ella logró reaccionar a tiempo para que no notara qué estaba mirando, pero cuando sus ojos se encontraron, esta vez fue Mónica la que se sintió un poco turbada. Enseguida se repuso y lo saludó con una amplia y significativa sonrisa, a la que el hombre sólo respondió con una leve inclinación de cabeza.
“¡Qué seco es!”, pensó, sintiéndose un poco picada, aunque enseguida creyó comprender. “Claro, es la timidez. Los tipos tímidos siempre dan la impresión de ser poco sociables, y a veces hasta parece que se hacen los duros, pero en realidad lo que tienen es miedo”.
Cuando reaccionó ya el hombre estaba terminado de pagar en la caja. Mónica no lo pensó, dejó sus compras inconclusas en el carrito y salió tras él.   Esta vez no iba a perderlo. No estaba dispuesta a esperar no sé cuantos días más hasta que volverselo a encontrar.
 Lo seguiría y por lo menos averiguaría dónde vivía. Obviamente debía ser cerca, porque de otro modo no compraría en ese supermercado. ¡Sí, eso haría! No lo pensó más y comenzó a seguirlo a una distancia prudencial, si la veía podría disimular sin dificultad, pues conocía muy bien la zona.
Cuál no sería su sorpresa al verlo encaminarse hacia la estación del metro. ¿Al metro? ¿Cómo que al metro? ¿A dónde se va con las compras? Si lo hubiera visto ese día por primera vez, podría ser casualidad, pero haberlo visto dos veces seguidas en el mismo súper tenía que tener una explicación. Y ya estaba descartado que viviera por allí, tenía que haber otra razón. "Puede ser que visite con regularidad la zona, tal vez a algún amigo, o… ¿una novia? Bueno, no tiene que ser necesariamente una casa lo que visita, puede ser… ¿Qué lugares hay por aquí? No tiene pinta de ser de los que van a la biblioteca, y ya yo aprendí que esas apariencias generalmente no engañan. Pero si es tan atlético, entonces el sitio a donde va podría ser… ¡el gimnasio! Claro, ¿cómo no lo pensé antes?”.
En la urbanización había un gimnasio muy bien equipado al que acudía mucha gente de otras partes de la ciudad. “Sí, eso es. Y tiene sentido, porque la vez pasada estaba en ropa deportiva y hoy, aunque lleva blue jean, también carga un morral, así que puede haberse cambiado y llevar la ropa ahí. Y el supermercado queda precisamente en la vía del gimnasio al metro, por eso de vez en cuanto entra y compra algo que necesite antes de regresar a su casa”.
Ya estaba segura de no equivocarse, así que cuando lo vio entrar a la estación de metro, y bajar por la escalera mecánica, decidió que tenía suficientes elementos para idear alguna estrategia de acercamiento. No iba a cometer otra vez la locura de irse tras un hombre hasta quién sabía dónde.
Mientras regresaba a su casa, fue urdiendo un plan. Las dos veces lo había visto más o menos a la misma hora, eso significaba que era la hora en que salía del gimnasio. Solo tenía que apostarse allí al día siguiente desde un par de horas antes para verlo llegar. Luego iría y pagaría una clase ese día, para poder entrar y observarlo en su ambiente. Si la reconocía, y lograba entablar conversación con él, ya se inventaría algo. Y si era necesario, se inscribiría en el gimnasio para poder verlo todos los días hasta que algo sucediera. Estaba decidida, iría por aquel hombre y se sacaría aquella piedra, costara lo que costara.


Hasta aquí llegué en aquel momento y ahora ustedes, si van a participar en el concurso, deben continuar desde este punto.
Si no has leido las entregas anteriores, y ahora te dio curiosidad, aquí las tienes.

2da entrega

martes, 27 de agosto de 2013

Relato erótico EL PIBE: "Así vocé me mata"


 El Pibe 

“Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”. Todo el tiempo repetía la misma coletilla, que luego supimos era su versión muy particular del último hit de un cantante de moda brasileño, que él escuchaba todo el tiempo por el celular. La melodía era realmente pegajosa y todos en el hotel terminaron repitiéndola también, a fuerza de escuchársela.

El chico tendría unos veinticinco años, y aunque viajaba solo, siempre se lo veía acompañado, pues no desaprovechaba la oportunidad de establecer un diálogo con cualquiera que hablara su idioma y mostrara el más mínimo interés por él, aunque solo fuera un saludo de cortesía, o un comentario al pasar. Con su escaso vocabulario y una sintaxis verbal bastante limitada (que de primer impacto le hacía parecer un angloparlante que no dominaba bien el español), les contaba a quienes se quedaran a escucharlo que era argentino y trabajaba como obrero en la industria automotriz de su país. Había ahorrado todo el año, haciendo muchas horas extraordinarias, para poder pagarse al fin aquel soñado viaje a Cuba. Y para reafirmar su admiración por el  Ché Guevara y de paso hacer bien evidente para todos su cortedad de luces, se dejó aconsejar por un grupo de cubanos que trabajaba en la playa (siempre a la caza de turistas incautos) y terminó pagando porque le estamparan en la espalda un inmenso tatuaje con el rostro de ese personaje sobre el fondo de una ondulante bandera cubana.

Pronto se convirtió en un personaje pintoresco de aquel hotel de Varadero, en el que un heterogéneo y multinacional grupo de turistas había convergido en aquellos días tempranos de enero, para ser sorprendidos por el primer frente frío de la temporada invernal cubana, con una temperatura entre los 15 y 20 grados y constantes ráfagas de un viento del norte helado y cortante, que obligaba a los pocos que se atrevían a acercarse al mar a protegerse con gruesos abrigos. Ya todos se referían a él como “El Pibe” y la mayoría lo toleraba por un rato y luego buscaba el modo de librarse de él. Algunos lo admitían en sus grupos y se divertían haciéndolo blanco de inocentes burlas (qué era evidente que no lograba captar) y solo unos pocos lo detestaban francamente.

Entre estos últimos se encontraban un par de chicas mexicanas a las que él se dedicó con más vehemencia que al resto. Al principio coincidieron en varias actividades, como las prácticas de buceo, un viaje en yate y una visita dirigida a una emblemática cueva de la zona. Luego él insistía en unírseles todo el tiempo, ya fuera para las comidas, para los eventuales tragos en el bar del lobby o en la terraza (muy frecuentados, ante la imposibilidad de bañarse en el mar) o para presenciar los espectáculos nocturnos que se ofrecían en las instalaciones el hotel. Ellas intentaban escabullirse, pero él siempre las encontraba y como su simplicidad le impedía notar su displicencia, no había manera de zafárselo. Terminaron por aceptarlo como un mal inevitable, tal vez como algo más en aquel paquete de “Todo incluido” que habían pagado.

El Pibe llegó a confesarles a quienes lo escucharon el tiempo suficiente, que estaba “encamotado” de la más flaca de las dos “minas” (que era de contextura normal, mientras la otra era más bien gordita), llamada Martha y le estaba “echando los galgos”. Si lo dejaban hablar un poco más, contaba que estaba a punto de “levantarla”, pero que ella aún dudaba, pues tenía un novio en México que no dejaba de llamarla a todas horas por el celular.

Sentado en la piscina del hotel, observaba a la chica despojarse de sus abrigos y tenderse en una tumbona para intentar broncearse un poco bajo los escasos rayos de un tímido sol que emergía a ratos, para a los pocos minutos volver a ocultarse tras las nubes. Ella le sonreía de lejos y él imaginaba que lo estaba incitando a admirar su bien formada figura, embutida en un minúsculo bikini azul. “Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”,  tarareaba en voz baja mientras abombaba las piernas de su short playero con el pretexto de tomar sol en los muslos, pero con la finalidad real de ocultar la potente erección que le había provocado el solo imaginar su cara hundida entre aquel par de senos turgentes que el sostén del traje de baño a duras penas lograba contener.

Fantaseaba con que ella los dejaba libres del sostén y él los recorría con labios y lengua, atrapando con sus dientes los erguidos pezones oscuros, mientras sus manos bajaban por su espalda y acariciaban las nalgas expuestas por el minúsculo hilo dental. Cuando abría los ojos y buscaba su rostro, veía que ella estaba sonriendo (tal vez por algo que la amiga le decía), pero en su mente aquella sonrisa significaba que aprobaba y hasta compartía sus fantasías.

Una noche, al terminar las actividades nocturnas del hotel, un grupo de huéspedes quiso seguir la rumba en una conocida discoteca del lugar. Al ver que las mexicanas se sumaban, El Pibe también se anotó, y cuando, ya en el lugar, Martha le dejó invitarla a unos tragos (también tuvo que invitar a la amiga, pero eso no le importó) y hasta bailó con él un par de piezas de salsa cubana, ya no tuvo dudas de que era plenamente correspondido. Verla moverse tan cerca de él siguiendo el contagioso ritmo caribeño y poder incluso tocarla y hasta pegarse a ella cuando las evoluciones del baile lo permitían, lo hizo sentirse el hombre más afortunado del mundo. “Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”, repetía mentalmente, aunque la música que sonaba era muy diferente.

Al salir del local, la gordita estaba bastante mareada para caminar y él de inmediato se ofreció a brindarles el taxi hasta el hotel. Cuando llegaron, la chica apenas se sostenía en las piernas, lo que le dio la oportunidad de ayudar a Martha a llevarla hasta la habitación que ambas compartían y tenderla en la cama. Como ella luego volvió a sonreírle a modo de agradecimiento y se dirigió al baño sin despedirse, El Pibe asumió que lo estaba invitando a quedarse y hasta se tendió en la otra cama para esperarla. Mientras escuchaba el sonido de la ducha, imaginó que ella salía del baño envuelta en una toalla, con la piel aún sonrosada por el agua caliente y pequeñas gotas mezclándose con los dorados vellos de su piel. Al verlo en la cama se acercaba y despojándose de la toalla de un tirón, se colocaba a horcajadas sobre él y con los mismos ondulantes movimientos con que había bailado la salsa casino, iba dejando que su miembro erecto la penetrara, mientras las manos de él aferraban los desnudos y aún tibios senos.

-¿Pero qué carajos haces? –casi gritó la muchacha al salir del baño y verlo allí echado, con el pantalón por los muslos, el interior también abajo y con los ojos cerrados, masajeándose el rígido miembro-. ¡Fuera de aquí! ¡Vete a chingar a tu madre! –agregó, señalándole la puerta.

De cualquier manera El Pibe se puso de pie, logró subirse el pantalón y salió al pasillo, seguido por los insultos de la chica.
-¡Guarro, chaquetero! -todavía la escuchó gritar mientras se alejaba.
“Qué tarado”, se lamentó para sus adentros. “La piba pensaría que me la estaba haciendo solo, sin esperarla. Bueno, a ver si mañana se le olvida y me da otro chance”, se consoló.

Y cuando abrió la puerta de la habitación que ocupaba en solitario, ya repetía de nuevo aquel estribillo pegajoso. “Mimosa, mimosa, así vocé me mata…”.



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